Todos somos una fachada
A mí me hace mucha gracia todo el rollo de las relaciones sociales. Me divierte observar a la gente representando su papel y efectuando su pose. Pero lo que más me divierte de ese juego es buscar los resquicios; encontrar en dónde se pone de evidencia tal o cual inseguridad, ver de qué pie cojea cada uno. Porque hay una cosa cierta, y es que todos jugamos a lo mismo. Todos tenemos que hacerlo: en la sociedad humana reina la ley de la selva; el fuerte se come al débil, y de lo que se trata es de mostrar la menor debilidad posible, de construirte la mejor fachada. Pero todos las tenemos, todos compartimos miedos, inseguridades, heridas sin cerrar… En el momento en que te das cuenta de eso le pierdes el respeto a lo que los demás puedan pensar de ti. Porque sabiendo eso, ¿quién es nadie para juzgarte? ¿Cómo puede alguien valorarte a ti?.
La gente utiliza muchas herramientas para ocultarlas: la familia, los grupos sociales, una pareja, el éxito laboral… ¿Pero eso cambia algo? Nuestras debilidades no se pueden tapar desde fuera, solo se pueden rellenar desde dentro. Si algo supuestamente exitoso está sustentado en humo, eventualmente saldrá a la luz y se derrumbará todo lo construido.
Por eso, la única mano ganadora es simplemente no tener nada que ocultar. No tener que ocultar debilidades porque no las tengas, haber sabido identificarlas y arrancarlas de raíz. Por supuesto, nadie ha dicho que eso sea fácil, pero si nuestro objetivo vital se podría resumir como encontrar la felicidad, eso pasa necesariamente por encontrarnos a nosotros mismos primero. En ese momento la seguridad te nace de dentro y te envuelve contra cualquier cosa que venga de fuera; y puedes apoyar en ella lo que sea, porque no habrá ninguna fisura por la que puedas quebrarte. Porque, como dijeron los Led Zeppelin, te habrás vuelto una roca: to be a rock and not to roll.
Hacia dónde nos dirigimos
He estado pensando sobre el tan demandado cambio de modelo de negocio que exigimos a los productores culturales (esos ‘mecenas por interés‘ que tanto se quejan), así que voy a intentar hacer una apuesta sobre hacia dónde vamos. Yo creo que vamos hacia un modelo transversal.
Me explico. Estamos saliendo del modelo industrial de la hiperespecialización, y hoy, cada vez más, se requieren de nosotros múltiples habilidades cada vez que hacemos algo. Vendría a ser algo así como el renacimiento del hombre del renacimiento -ese que le daba a todo: ciencia, arte, ingeniería…-. Así que ya, quieran los señoritos autores o no, se está acabando esa forma de vida en la que tu jefe te hacía un contrato por 4 libros o 4 discos, y tú te dedicabas a vivir mientras te salían las palabras o las notas. Es que aunque siguiera ese modelo y se cortaran las descargas, no tendrían nada que hacer ante unos nuevos autores que no necesitan esos productores ni esos intermediarios para llegar al público: ya no se decidiría desde arriba quién es bueno y quién no para hacerlo llegar al público, sino que se haría por aclamación popular, compitiendo directamente los que cobrarían por sus trabajos con los que los ofrecerían gratis por internet, en igualdad de condiciones. O sea, no solo es cuestión del precio, es que se multiplicaría la competencia -se está multiplicando de hecho-, y ya no saldrían tan rentables esos contratos millonarios aunque cobraras por cada copia vendida, puesto que serían muchas menos.
Entonces ahí aparece lo que yo creo que tendrá que llegar tarde o temprano: nos tendremos que convertir en personas transversales, que sepamos de muchas cosas en vez de una sola. Ya no existirá eso de dedicarse a una sola cosa y y vivir relajado haciendo solo eso. Dentro de poco me parece a mí que el modelo que existirá es el de dedicarse a la creación como afición -no es tan así: servirá para crearse un nombre, como publicidad-, y ese nombre se explotará como uno buenamente sepa, probablemente para que te contraten para hacer otra cosa relacionada, como, no sé, si eres dibujante te pedirán un diseño exclusivo para una empresa, o si te dedicas a lo audiovisual un anuncio personalizado con tus personajes, o colaborar en algún otro medio escrito si eres escritor. Obviamente es algo que no conseguirá todo el mundo, pero ahora el filtro es lo bueno que tú seas, o sea, el gusto del público, no el de un directivo, con lo cual hemos avanzado algo. Pero el caso es que está cambiando poco a poco, y el que la gente -los creadores, que somos potencialmente todos- se esté dando a la creación de un modo tan masivo y tan sincero -que se dediquen a lo que sea porque de verdad quieran transmitir algo; y luego ya llegan los ingresos si tienen que llegar-, y sin tantos filtros de por medio está elevando el nivel mucho, y con eso estamos ganando todos.
Un asunto económico
Bueno, pues voy a dar mi opinión sobre el tema. Dejando de lado todo lo que se ha montado estos días, que era necesario porque se han pasado de la raya y han querido tocar lo que no se puede dejar que toquen, esto no es más que un asunto económico. Al menos en la práctica, en esencia es otra cosa, para mí, que diré más abajo.
La cuestión, como ya han señalado muchos otros, es que los señores autores no se quieren reconvertir, no les da la gana de cambiar su modelo de venta, y el Gobierno mientras les hace caso. Que el Gobierno lo haga es un problema, pero no deja de ser lo corriente, ya que está demasiado sometido al poder económico -en este caso, más que de los autores, de los intermediarios y productores; y no olvidemos a los EEUU, cuyo lobby audiovisual es muy fuerte en todo el mundo y su Gobierno siempre mete presión donde haga falta- y a la presión social de los poco inteligentes -la gente inteligente no suele manifestarse, sino buscar soluciones realistas; salvo que sea un asunto clamoroso en el que se toquen cosas esenciales como este-. Pero esta vez se han pasado. Se pasaron primero colocando a la presidenta de la Academia de Cine como ministra, y ahora se han pasado dejándola legislar para sus amigos. Pero como ya digo, el problema no es ese.
Bien, ahora tratemos a la industria cultural como industria, que es lo que les gusta hacerse llamar. Aunque más que de ella, el problema es de la industria de la intermediación cultural, que es otra cosa distinta de la creación cultural. Bueno, pues todos sabemos que en los últimos tiempos su sector ha sufrido una revolución: por un lado los costes de producción se han reducido muchísimo -a mí que no me jodan, ya pocos se gastan miles de millones en decorados de cartón piedra o extras habiendo ordenadores, o en equipos de grabación que ahora están mucho más extendidos-, y los costes de distribución prácticamente se han eliminado con los archivos digitales; mientras que por otro lado, el precio de esos contenidos en sus soportes materiales se ha disparado. Señores, aquí hay un problema: si yo puedo conseguir algo gratis, porque la tecnología lo permite, no pretendan hacerme pagar cada vez más. Esos 15-20 € que quieren sacarme los pagaría por algún añadido que los valiera, pero no por el material digital en sí, que se puede conseguir gratis perfectamente, mediante compartición -en ningún caso robo-. Bueno, claro, pero alguien tiene que pagar a los que han creado eso, ¿no?. Pues sí, pero como ya he dicho, los costes son mucho menores, por lo tanto el precio debería ser mucho menor; aunque por supuesto, no lo será si al mismo tiempo que bajan los costes de producción subes los de publicidad o los del contrato del artista en cuestión, o simplemente sube tu avaricia. Por lo tanto aquí hay un problema y los señores productores no han sabido adaptarse a él.
Por otro lado, a mí me ofende completamente que los artistas o creadores se manifiesten haciéndose llamar tal cosa. Señores, por si no se han dado cuenta, yo soy tan creador como ustedes -no me autodenominaré artista por principios-, tanto en cuanto creo en este blog. Y no voy a WordPress, que se enriquece a mi costa y la de tantos otros a pedirle un duro. ¿Por qué? Porque esto funciona así: ellos me ofrecen la plataforma para exponer mis pensamientos y opiniones a cambio del dinero que ellos obtienen en publicidad o lo que sea a través del pequeño aumento de visitas que yo les supongo. Quid pro quo. Esto traducido a la música sería así: las plataformas “”"”piratas“”"” que se enriquecen a costa de vuestro trabajo os ayudan a distribuir vuestras creaciones a un público muchísimo más amplio -¿qué objetivo tiene una obra artística si no es llegar a cuanta más gente mejor?- a cambio de recibir sus dineros en publicidad. Lo que pasa es que a vosotros -los artistas, llamémosles, consagrados (los comerciales con contratos millonarios, vaya) (+ Ramoncín y Loquillo, que no sé qué hacen ahí)- os cuesta renunciar a los millones de vuestros contratos discográficos, ya que las discográficas, cual Florentino Pérez que se gasta 90 millones de euros en un futbolista, los hacían rentables a base de machacarnos con publicidad. Y gracias a ella vender muchos discos. Pero eso ya no es así, porque la distribución -y con ella, la publicidad- ha dejado de hacer falta.
O sea, ahora estamos hablando de un sector en crisis. ¿Qué se hace cuando un sector económico está en crisis? Varias cosas. Una de ellas es reducir el tamaño de la empresa: o sea, despojarse de lo que sobra o no es suficientemente rentable; en el caso que nos ocupa, para mí está bastante claro que el tema es disminuir los desproporcionados sueldos de los llamados artistas -venga Rosario, no nos jodas, que si vendes alguna de tus casas o dejas de ir a alguna fiestecita hambre no vas a pasar-. La otra opción es diversificar: buscar nuevos mercados o nuevos productos. Respecto a los productos, en este caso serían nuevas formas de distribución, que es lo que están haciendo a duras penas, y obligados por la situación; y en cuanto a los nuevos mercados, cojones, Latinoamérica hace tiempo que la estamos utilizando como mercado, aunque todavía no ha explotado del todo, pero hay muchos más lugares donde podría llegar la música o el cine españoles que ni se han planteado, o lo han hecho muy poco -¿por qué tengo que tragarme yo toda la música en inglés y un alemán no puede escuchar algo en español?-. En fin, puro miedo al cambio, a perder el poder de decidir qué va a triunfar y qué no. Pero en este escenario, lo que no se debe hacer nunca es ser reaccionario con los cambios y oponerse de manera frontal a ellos, porque te acabarán atropellando. Porque de hecho, la necesidad es lo que hace buscar alternativas y ser creativo. Sin la presión de todo el mundo bajándose cosas gratis, los que las venden ni se habrían planteado que hay que buscar otro modelo.
Porque si un Gobierno trata de sostener un sector insostenible, al final lo que estamos haciendo es tirar el dinero. Ejemplo. Si se dejan de usar las centrales térmicas y no se exporta el carbón, la minería del carbón no tiene sentido. Los mineros montarán un pollo de la hostia, montarán piquetes y barricadas para proteger sus trabajos, como ya hicieron los de los astilleros. Y el gobierno probablemente les haría caso. Sí, me da mucha pena por los señores mineros y sus familias, pero en vez de gastarse tanto dinero en mantener a flote algo que se hunde sí o sí, que apuesten por una reconversión, por ejemplo con cursos de formación en otro empleo y subvenciones o rebajas fiscales para que empresas de esos nuevos sectores los contraten; o cursos y subvenciones para autoemplearse; al final será mucho más beneficioso para la sociedad en conjunto a medio-largo plazo y nos ahorraremos tirar el dinero en algo que no tiene futuro ninguno. Bueno, esto era por poner uno cualquiera. Luego está el ejemplo del progreso tecnológico, que ya lo resumió Escolar bastante bien: “Es como si nos obligan a volver a viajar en tren de vapor”. O a caballo, añado yo. Y por último, el ejemplo del progreso social. El otro día el señor Fontdevila hizo una viñeta del tema: a mí que no me vengan con que nos quejamos para no renunciar a la gratuidad de algo que no lo es. ¡Claro que no se puede renunciar nunca a derechos adquiridos previamente! Vete ahora a los colectivos femeninos y diles que las mujeres no pueden votar más, a ver qué te dicen. ¿Por qué no puedes? Porque ya todos tenemos asumida la igualdad entre hombre y mujer -y eso no siempre ha sido así, recordemos-, y es algo a lo que las mujeres no van a renunciar nunca más. Ahora, ¿por qué no podemos renunciar a la gratuidad de la cultura? Porque la tecnología la ha hecho posible. Ha hecho posible la gratuidad de su distribución, no de su creación, de eso somos conscientes todos; pero por ello nosotros hemos asumido desde ese momento como un valor nuestro que la distribución de la cultura -como activo intangible- es gratuita, y eso ya no lo va a cambiar nadie nunca más. Lo inteligente sería que los señores dueños de esa cultura lo aceptaran de una santa vez, y se pusieran a pensar en otros modos de sacarle provecho a esa autoría, en vez de tratar de frenarlo. Y en este punto no me olvido del canon digital, que es algo con lo que hemos tragado, pero completamente injusto y que no sirve para nada, solo para sostener lo insostenible un poco más.
Así que, después de este intento de análisis doy mi opinión: al final todo es cuestión de saber aceptar la realidad o no. Es cuestión de querer progresar o no, de ver venir el progreso y adelantarse a él, o tratar de frenarlo, que es lo que está pasando aquí; y esto es lo que en definitiva marca las diferencias entre los países que se quedan atrasados y los que no. O sea, en esencia, se trata de saber tener la mente abierta o ser un puto reaccionario con los cambios. De que la gente aprenda a ser dinámica, a tener iniciativa al ver venir las cosas. Y eso es un problema social más que otra cosa, de una sociedad apalancada, que solo cambiará, fundamentalmente, con educación y formación, con cultura; que es un problema que venimos arrastrando desde hace tiempo y agravando cada vez más. Y más aún si atacan al lugar con mayor enfoque y difusión de la misma: internet.
Pero hay por lo que ser optimista a pesar de todo.
La creatividad inexplotada
Últimamente se está hablando mucho de algo que no se había visto antes en mi tierra. De la creatividad y del ingenio. Que no es que no lo hubiera, porque todos los que hemos vivido allí sabemos que lo hay, y a raudales. Yo he pasado muchas tardes y muchos ratos con amigos delante de unas cervezas riéndonos a carcajadas con las que cosas que se le ocurren a unos y a otros, que dejan en ridículo muchas veces los chistes de las mejores y más idolatradas series de humor de la televisión. El problema era que no había iniciativa. Pero ahora con internet y su producción a bajo costo todo se está solucionando. Sólo hay que echarle huevos, si te sabes gracioso e ingenioso, y grabar algo. El resto sale solo, y si es bueno, tiene éxito, como se está demostrando.
Estoy hablando de fenómenos como Malviviendo, que ya ha ganado en lo que va de año 2 premios al mejor videoblog y un oxcar; estoy hablando de los señores de Mundoficción, que cada vez que hacen un corto me hacen descojonarme -aunque he de decir que los primeros fueron los mejores, por la genialidad y la sorpresa-; estoy hablando de gente de barrio, como mi amigo Migue, que con su grupo y una canción grabada en su casa ha conseguido tener notoriedad -efímera, eso sí- en toda España. Porque aquí en Andalucía, aunque suene a tópico, hay gente muy buena y verdaderamente ingeniosa, que yo a veces me quedo helado con las cosas tan buenas que se les ocurren a algunos. Lo que no sé es por qué coño hemos tardado tanto en explotar eso.

Señores, lo importante de todo esto, la enseñanza que hay que sacar, es que hay que echarle huevos. Hay que tener iniciativa. Hay mucha gente muy buena que no es consciente de cuánto lo es hasta que no se somete al juicio colectivo. Y en esto me refiero a lo audiovisual y a cualquier otra cosa. Lo importante es que la gente vea que hay otras vías al trabajo de toda la vida, a ese esquema social de antes en el que tenías que tener un trabajo seguro por encima de todas las cosas, aunque no te gustara o no fuera tu vocación. Hay que arriesgar por lo que te gusta y por lo que crees que se te da bien. Si de verdad es así, saldrás adelante, y disfrutando por el camino.
Etapa IV: Perú
Por fin llego al final de mi viaje -atención: entrada ostensiblemente larga-. En Bolivia estuve por último en Copacabana y la Isla del Sol, donde me junté con un grupo de 3 ecuatorianos más gorrones que la virgen y 2 chilenas. Desde allí ellos iban directamente hacia Cuzco, pero haciendo parada en Puno. Yo había comprado para Puno, no me acuerdo por qué, esperando encontrar allí una plaza para Cuzco cuando llegara. Pero entre todo el lío del cambio de moneda y tal, cuando fui a buscarme un billete para Cuzco para esa misma noche no había ni una plaza. Así que cambié los planes: a Arequipa. Y no me arrepiento en absoluto.
Bueno, la primera odisea del viaje fue pasar como 8 horas atrapados en la carretera porque justo esa noche cayó una nevada que según me contaron no se veía por esas latitudes desde hacía 25 años. En esas 8 horas estuve dando vueltas por entre todos los autobuses y camiones que, como nosotros, habían quedado atrapados. Y observando también cómo entre muchos trataban de devolver a la calzada más de uno que se había salido de ella. Pena que perdiera las fotos de mi cámara de esa noche, igual que las de Copacabana y la isla del Sol, por culpa de un puto ordenador cuzqueño un par de días después. Por suerte, en Arequipa conocí a una chica catalana, Aída, que no tuvo la mala suerte que tuve yo y pude salvar las fotos de los sitios que visitamos desde ese momento. Pero bueno, aquí por lo menos ya noté el primer cambio: los peruanos. ¡Coño, los peruanos hablan! Se puede tener una conversación con ellos y esas cosas, qué alegría. Tengo que aclarar aquí que los bolivianos son las personas con menos sangre del mundo entero, y el contraste de salir de Bolivia y entrar en Perú se agradece mucho en ese sentido. En el de las mujeres también; y no es porque las peruanas sean muy guapas… Luego tiene el otro sentido, el no tan bueno: que igual que en Bolivia no sueles tener problemas de robos ni nada de eso, los peruanos son mucho más vivos y hay que tener bastante cuidado. Pero bueno, yo por suerte no tuve problema con eso.
Cuando llegué a Arequipa me quedé loco: eso era un caos. Un caos distinto al de La Paz, este era un caos mucho más loco. Solo había que montarse en un taxi arequipeño para comprobarlo. Pero era divertido, oye.
Bueno, Arequipa es la segunda ciudad de Perú, y la verdad es que cuando llegué a la Plaza de Armas la sorpresa fue gigante. Nunca había oído hablar especialmente de ella y me topé con una ciudad con un centro histórico precioso; según Aída, que la conocí al par de horas de llegar por esas casualidades de la vida, era igual que Santiago de Compostela. Igual no sé si será, que no he estado nunca en Santiago, pero esos 2 o 3 volcanes que rodean Arequipa dudo mucho que los vaya a encontrar en Galicia. Además, como ya digo, había caído una nevada que no se veía desde hacía años, y encontrarse los volcanes que guardan la ciudad casi completamente blancos, era una estampa digna de verse para estar en el trópico.
En fin, estuvimos un día por allí dando vueltas, disfrutando de los patios arequipeños, un calco a los medievales castellanos, y al día siguiente cogimos el autobús rumbo a Cuzco. Si miras un mapa del Perú parece que están cerca, pero la verdad es que no lo están tanto: tus 10 horitas de autobús no te las va a quitar nadie. También será por las carreteras del lugar, que no son lo que se dice una autobahn alemana. Eso sí, esas 10 horas fueron de lo más interesante. Por un lado puedes ver el Perú verdadero desde la ventanilla de tu asiento: pueblos de mierda en el que las casas con que tengan un techo vale, muchos campesinos, incluidos niños, laborando la tierra, gente lavando la ropa en el río… y muchos paisajes preciosos. Y mientras hablando con los vecinos de asiento peruanos, lo cual lo hizo bastante más interesante -eso fue gracias a Aída, que habla por los codos-. Además, cada parada que hacía el autobús se montaban en él mil doscientas personas para venderte algo: que si agua de melocotón (¡en bolsitas de plástico!), que si patatas asadas, que si rodajas de melón, que si gelatinas… Hasta un par de costillas de cordero asado nos comimos (deliciosas, y por como 1′5 €; ahora, es una guarrería que te cagas xD). Parece que un viaje de esos de 10 horas por esas carreteras de mierda va a ser un coñazo, pero a mí se me hizo de lo más interesante; ni los Tour-Bus descapotables que hay en cada ciudad nuestra con sus guías.
Al fin llegamos a Cuzco, casi de noche. Buscamos un albergue a un precio razonable, lo cual no fue muy difícil dado que Cuzco es la ciudad turística del Perú por excelencia -por razonable estoy diciendo como 4 o 5 € la noche-, y salimos a dar una vuelta. He de decir que si la Plaza de Armas de Arequipa me impactó cuando llegué, la de Cuzco es sencillamente la polla: preciosa. Y a eso hay que sumarle el ambientazo de turistas, la mayoría aventureros, que hay por ahí. Los peruanos que se dejan ver por allí son sobre todo caza-guiris para algún bar o restaurante o algo así; y también muchos niños vendiendo baratijas, desde muñecas, a gorros, a lo que sea. Si te sientas un rato en la Plaza de Armas a honrar la ancestral tradición hispánica de beberse unas litros, te asaltarán en una hora como 20 niños de entre 7 y 12 años queriendo venderte de todo. Pero bueno, ese es el Perú de hoy día.
Así que estuvimos un rato dando una vuelta, cuando me encontré con mis colegas los ecuatorianos gorrones. Quedamos con ellos para después de cenar y nos contaron que se iban a Machu Picchu al día siguiente con un grupo de brasileños que habían conocido, y que iban a intentar entrar sin pagar. Así que, sabiendo lo tiraos que iban los notas estos, nos apuntamos con ellos porque sabíamos que iban a hacerlo a lo más barato posible.
La ruta barata para ir a Machu Picchu desde Cuzco consistió en esto: en la estación de autobuses de Cuzco -una de ellas que no recuerdo el nombre, porque hay como 3 distintas- pillas un autobús hasta Santa María. No es difícil, ya que en esa estación hay infinidad de agencias de viajes desesperadas -literalmente- por venderte algo y te hacen unas ofertas bastante curiosas. Así que pillamos un autobús de los grandes en el que iríamos como 15 personas en total. Son unas 3 horas hasta que llegas a Santa María, un pueblucho en medio de la montaña y la selva peruana, pero el camino es verdaderamente precioso. Pasas por unos valles y unas montañas espectaculares, para sentir en algún momento cómo se acaba la montaña seca y empieza la selva peruana, con un cambio tan suave como natural. Así que llegamos a Santa María, y allí tuvimos que pillar un par de taxis hasta otro pueblo que había un poco más allá a través de un camino de esos que dan miedo. 30 minutos más y estábamos allí. Ese otro pueblo se llama Santa Teresa, y una vez allí, almorzamos primero en el mercado local, y luego tuvimos que coger otro microtaxi (furgonetas habilitadas como taxis) compartido con algunos lugareños hasta la Hidroeléctrica, que es la estación de tren donde se coge el tren hacia Machu Picchu. Cómo llega el resto de gente hasta allí, los adinerados, no lo sé, pero nuestro camino fue ese. Y una vez allí, como pobres que éramos, nos pegamos el pateo por las vías del tren hasta llegar a Aguascalientes, que fueron otras 3 horas si mal no recuerdo. Todo un día para llegar hasta Aguascalientes por lo barato, vaya, que es el pueblo franco desde donde se accede a Machu Picchu.
Así que dormimos un rato, unas cuantas horas, y como a las 2 de la mañana nos pusimos en marcha hacia Machu Picchu. El tema es este: dentro del Parque Nacional de Machu Picchu hay otra montaña que se llama Wayna (o Huayna) Picchu, que es la más empinada que hay al lado del antiguo pueblo; pues el sitio este tiene un aforo máximo diario de 500 personas creo que era, y al entrar, a las 6 de la mañana, hay tortas para no quedarse fuera de ese cupo. Con deciros que nosotros llegamos a las 4:30, después de hora y media de pegarnos el pateo por la montaña de noche y con linternas para llegar hasta la entrada de Machu Picchu, y ya había allí como 10 personas haciendo cola… A las 5:50 la cola era ya bastante grande. Curiosamente nosotros, a pesar de ser de los primeros, no habíamos sido lo suficiente espabilados como para comprar el billete de entrada el día anterior, y hicimos la cola para nada, porque abrieron antes las puertas para los que ya tenían billete que para los que tenían que comprarlo; así que cuando entramos ya había pasado dentro un huevo de gente. Pero por suerte no tuvimos problemas para acceder al Wayna Picchu. Eso sí, otra hora y media de subida por la montaña. Los putos incas estos debían tener todos los gemelos de Roberto Carlos, al menos.
Pero merece mucho la pena. Las vistas de Machu Picchu y alrededores desde el Wayna son increíbles, posiblemente lo mejor de todo el complejo. Además del hacerte ponerse a pensar cómo carajo los incas costruyeron eso ahí, y para qué, pudiendo hacerlo en algún otro sitio mucho más sencillo.
Pero bueno, estuvimos un rato allí viendo el pueblo, que aunque esté reconstruido es un verdadero espectáculo, y haciéndonos las miles de fotos que todo el mundo se hace allí. Todavía hay alguna parte que no está reconstruida y donde se pueden ver las piedras tiradas por ahí, que te da una idea de lo que tuvo que encontrarse el señor que llegó aquí por primera vez desde occidente. Ese hombre sí que tuvo que flipar al llegar aquí.
Así que nada, después de toda la mañana dando vueltas por ahí, que nos lo habíamos ganado, emprendimos Aída y yo el camino de retorno, esta vez sin los ecuatorianos gorrones -a los cuales, por cierto, les pillaron los guardias intentando entrar sin pagar y tuvieron que apoquinar… previo gorroneo a todos los presentes, por supuesto- y sin los brasileños. A las 12 de la noche llegamos de nuevo a Cuzco.
En Cuzco estuvimos otro par de días, porque lo merece. Es una ciudad preciosa, como sacada de plena Castilla en el siglo XVI y colocada en medio de América. Son todo casas coloniales, con sus patios castellanos, y algunas calles auténticamente andaluzas, con las macetas colgadas en las paredes encaladas de blanco, puertas enrejadas de hierro en cada casa, y mil detalles más que te hacen creer que en una calle estás en plena Salamanca, y en la siguiente vas caminando por el Albaicín. Pero no, es Cuzco, nunca deja de tener cierto aire americano. Y si sales un poco del centro el contraste con la ciudad histórica es más que evidente. Pero es un auténtico gustazo pasarse allí 2, 3, y los días que hagan falta.
Luego ya nos separamos Aída y yo. Fui un día a Ollantaytambo, que es un antiguo pueblo inca con unas ruinas muy bien conservadas. La gracia particular del pueblo, aparte de la zona de las terrazas agrícolas, los restos de los templos, etc, es que el Ollantaytambo actual, donde vive la gente, fue construido sobre los cimientos del antiguo, y más del 50 % del pueblo de hoy día es incaico. Es decir, en las fotos se puede ver un poco mejor: las casas no son completamente incaicas, pero sí en un buen porcentaje; el empedrado de las calles y su canalización para recoger el agua de las lluvias también; y en fin, la esencia es todavía prácticamente inca, con lo que te puedes hacer una idea bastante aproximada de cómo vivía aquella gente.
Eso fue una excursión de un día desde Cuzco, así que volví allí y me cogí el tren a Lima. Otra vez lo mismo: parece no muy lejos, pero eso son tus buenas 24 horas de autobús, por carreteras insufribles, curvas interminables, tramos sin asfalto… y el servicio del autobús roto, con lo que el hedor que salía de ahí no hacía el viaje mucho más agradable. Eso es Perú, vaya.
En Lima estuve solo un día, lo suficiente para ver el centro. Aquí ya estaba yo solo, y las pintas de guiri que llevaba me hacían ir un poco más precavido, no me fiaba mucho de salirme mucho del centro en pleno Lima, con mucho menos ambiente guiri que Cuzco, donde íbamos a nuestras anchas. Así que me pegué allí el día, me ví las iglesias y los edificios coloniales varios, bastante bonitos, y me volví para Santiago, finiquitando el viaje de despedida de Sudamérica. Por esta vez.
Cinco finales antológicos
Aquí dejo mi meme al que me ha invitado el Sr. Eulez. Seguramente si me pusiera a pensar más concienzudamente, me acordaría de algún final de alguna peli en que no he caído, pero estos son los mejores que me vienen a la mente ahora mismo.
1. El Bueno, el Feo y el Malo. No sólo es una de mis películas favoritas y la culminación del spaghetti western, es que este duelo es para mí el mejor de la historia del cine del Oeste, en ese modo de entender esas historias de aventureros desharrapados que solo el maestro Leone tenía. Y qué decir de la música: sublime. Duelo que viene a continuación de la escena del Éxtasis del Oro (rodada en pleno Burgos, para el que tenga curiosidad), que también es soberbia. En definitiva, los 20 últimos minutos de esta película para mí son 20 minutos imprescindibles de la Historia del Cine.
2. Pulp Fiction. Imposible evitarla. El sermonazo que le suelta Jules a Tim Roth para perdonarle la vida cuando pretendía atracarle es imperdonable. Fundamental.
3. Barry Lyndon. Otra de mis películas favoritas. El final de Barry, el duelo que pierde contra su hijastro y que le condena a vivir en la miseria hasta el final de sus días, después de haber vivido tanto, haberlo tenido todo y nada, haber sido un aventurero capaz de conseguir grandes cosas de la nada y un miserable cuando se ve en una posición por fin cómoda, para mí es desgarrador.
4. La Vida de Brian. Siempre hay que mirar el lado brillante de la vida. Incluso cuando vas a morir crucificado. Poco más puedo decir que no se haya dicho ya, genial.
5. El Furor del Dragón. El que lleve por aquí un tiempo sabrá que soy un auténtico devoto de Bruce Lee. Y esa lucha final entre Bruce Lee y Chuck Norris es lo más grande que ha dado el cine de artes marciales. Una pelea entre Bruce Lee y Chuck Norris, cojones, eso SÍ que es antológico; aparte de lo bien rodada que está y el marco incomparable en el que se hizo.
EXTRA: Se me ha quedado fuera Infiltrados. Una película bastante reciente para variar un poco, y una de las que más me ha gustado de los últimos tiempos. Es precisamente la escena final del ascensor lo que la hace tan brutal. Y el final después de eso, cuando todo parece que va a salir bien para el personaje más ruin y mentiroso de la película, aparece el poli honesto justiciero para poner las cosas en su sitio. Pero la vida sigue, esto no es importante para nada, solo una historia más de esta ciudad.
Invitaría a alguien, pero por aquí no se pasa mucha gente xD. Así que si alguien lo lee y le apetece hacerlo en su blog, que deje el enlace en los comentarios que ya me pasaré.
El camino de la energía y la armonía
Eso es lo que significa aikido. Porque he decidido que me voy a convertir en una máquina de partir brazos. Llevaba mucho tiempo queriendo hacer algún arte marcial, y aunque al principio me decantaba por otros, desde hace un tiempo el que me llamaba la atención era justo este, el aikido. En Santiago lo intenté, pero el dojo que encontré me pillaba muy lejos y mal conectado desde mi casa (es lo que tiene vivir en una megaurbe); pero ahora que estoy en un sitio más abarcable y con las infraestructuras de transporte más desarrolladas me he decidido, y llevo ya casi un mes.
Lo que me atraía y sigue atrayendo de las artes marciales es el componente más espiritual. El conseguir el equilibrio de la mente a través del equilibrio del cuerpo, y viceversa. Y es alucinante, después de ver algunas de las cosas que hace mi maestro, lo que se puede conseguir sabiendo usar nuestro bien nuestro propio cuerpo. Porque el aikido va precisamente de eso, de conocer el cuerpo humano y aprovechar sus limitaciones para tumbar al rival sin utilizar de un modo intensivo la fuerza; básicamente en hacerle perder el equilibrio. Esto se traduce en muchas llaves que fuerzan sobre todo las articulaciones del oponente; cuando recibes una llave, el propio dolor que sientes te hace acabar cediendo tú solo. Esto, sumado a lo que tienen en común todas las artes marciales, que es la eficiencia de movimientos, el encontrar el balance del cuerpo, y el saber enfocar nuestra energía interna, hace que al final aprendamos a utilizar mejor nuestro cuerpo, no solo como arma, sino para cualquier cosa, que es lo que busco principalmente. Además de que es un ejercicio muy plástico, especialmente en la práctica con armas, pero más que por bello por estético, al estar todos los movimientos tan bien depurados y equilibrados.
Claro, yo todavía soy un novato, pero el ver las cosas que hacen los cracks del dojo motiva para seguir practicándolo. Dudo mucho que sirva de algo en cuestión de defensa personal, al menos hasta que no eres un usuario muy avanzado -o sea, durante muchos años-, porque de momento todos los movimientos que aprendemos comienzan en una posición estática con el rival agarrándonos la manga -algo que de seguro no se va a dar en una situación real-. Pero cuando ya eres un crack y te sabes los movimientos de memoria, puedes buscar ese punto de comienzo en medio de un ataque real, y aprovechar un golpe mal proyectado -que sería lo normal en una situación ‘callejera’- de cualquier atacante para agarrarle el brazo y dejárselo hecho unos zorros de momento.
Así que nada, si me veis por la calle aprovechad para meteros conmigo ahora, porque dentro de un tiempo no toleraré ni una
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