La creatividad inexplotada

Últimamente se está hablando mucho de algo que no se había visto antes en mi tierra. De la creatividad y del ingenio. Que no es que no lo hubiera, porque todos los que hemos vivido allí sabemos que lo hay, y a raudales. Yo he pasado muchas tardes y muchos ratos con amigos delante de unas cervezas riéndonos a carcajadas con las que cosas que se le ocurren a unos y a otros, que dejan en ridículo muchas veces los chistes de las mejores y más idolatradas series de humor de la televisión. El problema era que no había iniciativa. Pero ahora con internet y su producción a bajo costo todo se está solucionando. Sólo hay que echarle huevos, si te sabes gracioso e ingenioso, y grabar algo. El resto sale solo, y si es bueno, tiene éxito, como se está demostrando.

Estoy hablando de fenómenos como Malviviendo, que ya ha ganado en lo que va de año 2 premios al mejor videoblog y un oxcar; estoy hablando de los señores de Mundoficción, que cada vez que hacen un corto me hacen descojonarme -aunque he de decir que los primeros fueron los mejores, por la genialidad y la sorpresa-; estoy hablando de gente de barrio, como mi amigo Migue, que con su grupo y una canción grabada en su casa ha conseguido tener notoriedad -efímera, eso sí- en toda España. Porque aquí en Andalucía, aunque suene a tópico, hay gente muy buena y verdaderamente ingeniosa, que yo a veces me quedo helado con las cosas tan buenas que se les ocurren a algunos. Lo que no sé es por qué coño hemos tardado tanto en explotar eso.

Señores, lo importante de todo esto, la enseñanza que hay que sacar, es que hay que echarle huevos. Hay que tener iniciativa. Hay mucha gente muy buena que no es consciente de cuánto lo es hasta que no se somete al juicio colectivo. Y en esto me refiero a lo audiovisual y a cualquier otra cosa. Lo importante es que la gente vea que hay otras vías al trabajo de toda la vida, a ese esquema social de antes en el que tenías que tener un trabajo seguro por encima de todas las cosas, aunque no te gustara o no fuera tu vocación. Hay que arriesgar por lo que te gusta y por lo que crees que se te da bien. Si de verdad es así, saldrás adelante, y disfrutando por el camino.

Etapa IV: Perú

Por fin llego al final de mi viaje -atención: entrada ostensiblemente larga-. En Bolivia estuve por último en Copacabana y la Isla del Sol, donde me junté con un grupo de 3 ecuatorianos más gorrones que la virgen y 2 chilenas. Desde allí ellos iban directamente hacia Cuzco, pero haciendo parada en Puno. Yo había comprado para Puno, no me acuerdo por qué, esperando encontrar allí una plaza para Cuzco cuando llegara. Pero entre todo el lío del cambio de moneda y tal, cuando fui a buscarme un billete para Cuzco para esa misma noche no había ni una plaza. Así que cambié los planes: a Arequipa. Y no me arrepiento en absoluto.

Bueno, la primera odisea del viaje fue pasar como 8 horas atrapados en la carretera porque justo esa noche cayó una nevada que según me contaron no se veía por esas latitudes desde hacía 25 años. En esas 8 horas estuve dando vueltas por entre todos los autobuses y camiones que, como nosotros, habían quedado atrapados. Y observando también cómo entre muchos trataban de devolver a la calzada más de uno que se había salido de ella. Pena que perdiera las fotos de mi cámara de esa noche, igual que las de Copacabana y la isla del Sol, por culpa de un puto ordenador cuzqueño un par de días después. Por suerte, en Arequipa conocí a una chica catalana, Aída, que no tuvo la mala suerte que tuve yo y pude salvar las fotos de los sitios que visitamos desde ese momento. Pero bueno, aquí por lo menos ya noté el primer cambio: los peruanos. ¡Coño, los peruanos hablan! Se puede tener una conversación con ellos y esas cosas, qué alegría. Tengo que aclarar aquí que los bolivianos son las personas con menos sangre del mundo entero, y el contraste de salir de Bolivia y entrar en Perú se agradece mucho en ese sentido. En el de las mujeres también; y no es porque las peruanas sean muy guapas… Luego tiene el otro sentido, el no tan bueno: que igual que en Bolivia no sueles tener problemas de robos ni nada de eso, los peruanos son mucho más vivos y hay que tener bastante cuidado. Pero bueno, yo por suerte no tuve problema con eso.

Cuando llegué a Arequipa me quedé loco: eso era un caos. Un caos distinto al de La Paz, este era un caos mucho más loco. Solo había que montarse en un taxi arequipeño para comprobarlo. Pero era divertido, oye.

Bueno, Arequipa es la segunda ciudad de Perú, y la verdad es que cuando llegué a la Plaza de Armas la sorpresa fue gigante. Nunca había oído hablar especialmente de ella y me topé con una ciudad con un centro histórico precioso; según Aída, que la conocí al par de horas de llegar por esas casualidades de la vida, era igual que Santiago de Compostela. Igual no sé si será, que no he estado nunca en Santiago, pero esos 2 o 3 volcanes que rodean Arequipa dudo mucho que los vaya a encontrar en Galicia. Además, como ya digo, había caído una nevada que no se veía desde hacía años, y encontrarse los volcanes que guardan la ciudad casi completamente blancos, era una estampa digna de verse para estar en el trópico.

Plaza de Armas de Arequipa

Arequipa

Arequipa

nieve

En fin, estuvimos un día por allí dando vueltas, disfrutando de los patios arequipeños, un calco a los medievales castellanos, y al día siguiente cogimos el autobús rumbo a Cuzco. Si miras un mapa del Perú parece que están cerca, pero la verdad es que no lo están tanto: tus 10 horitas de autobús no te las va a quitar nadie. También será por las carreteras del lugar, que no son lo que se dice una autobahn alemana. Eso sí, esas 10 horas fueron de lo más interesante. Por un lado puedes ver el Perú verdadero desde la ventanilla de tu asiento: pueblos de mierda en el que las casas con que tengan un techo vale, muchos campesinos, incluidos niños, laborando la tierra, gente lavando la ropa en el río… y muchos paisajes preciosos. Y mientras hablando con los vecinos de asiento peruanos, lo cual lo hizo bastante más interesante -eso fue gracias a Aída, que habla por los codos-. Además, cada parada que hacía el autobús se montaban en él mil doscientas personas para venderte algo: que si agua de melocotón (¡en bolsitas de plástico!), que si patatas asadas, que si rodajas de melón, que si gelatinas… Hasta un par de costillas de cordero asado nos comimos (deliciosas, y por como 1’5 €; ahora, es una guarrería que te cagas xD). Parece que un viaje de esos de 10 horas por esas carreteras de mierda va a ser un coñazo, pero a mí se me hizo de lo más interesante; ni los Tour-Bus descapotables que hay en cada ciudad nuestra con sus guías.

lagos

bebiendo aguachirri peruana

Al fin llegamos a Cuzco, casi de noche. Buscamos un albergue a un precio razonable, lo cual no fue muy difícil dado que Cuzco es la ciudad turística del Perú por excelencia -por razonable estoy diciendo como 4 o 5 € la noche-, y salimos a dar una vuelta. He de decir que si la Plaza de Armas de Arequipa me impactó cuando llegué, la de Cuzco es sencillamente la polla: preciosa. Y a eso hay que sumarle el ambientazo de turistas, la mayoría aventureros, que hay por ahí. Los peruanos que se dejan ver por allí son sobre todo caza-guiris para algún bar o restaurante o algo así; y también muchos niños vendiendo baratijas, desde muñecas, a gorros, a lo que sea. Si te sientas un rato en la Plaza de Armas a honrar la ancestral tradición hispánica de beberse unas litros, te asaltarán en una hora como 20 niños de entre 7 y 12 años queriendo venderte de todo. Pero bueno, ese es el Perú de hoy día.

Cuzco

Plaza de Armas del Cuzco

Así que estuvimos un rato dando una vuelta, cuando me encontré con mis colegas los ecuatorianos gorrones. Quedamos con ellos para después de cenar y nos contaron que se iban a Machu Picchu al día siguiente con un grupo de brasileños que habían conocido, y que iban a intentar entrar sin pagar. Así que, sabiendo lo tiraos que iban los notas estos, nos apuntamos con ellos porque sabíamos que iban a hacerlo a lo más barato posible.

La ruta barata para ir a Machu Picchu desde Cuzco consistió en esto: en la estación de autobuses de Cuzco -una de ellas que no recuerdo el nombre, porque hay como 3 distintas- pillas un autobús hasta Santa María. No es difícil, ya que en esa estación hay infinidad de agencias de viajes desesperadas -literalmente- por venderte algo y te hacen unas ofertas bastante curiosas. Así que pillamos un autobús de los grandes en el que iríamos como 15 personas en total. Son unas 3 horas hasta que llegas a Santa María, un pueblucho en medio de la montaña y la selva peruana, pero el camino es verdaderamente precioso. Pasas por unos valles y unas montañas espectaculares, para sentir en algún momento cómo se acaba la montaña seca y empieza la selva peruana, con un cambio tan suave como natural. Así que llegamos a Santa María, y allí tuvimos que pillar un par de taxis hasta otro pueblo que había un poco más allá a través de un camino de esos que dan miedo. 30 minutos más y estábamos allí. Ese otro pueblo se llama Santa Teresa, y una vez allí, almorzamos primero en el mercado local, y luego tuvimos que coger otro microtaxi (furgonetas habilitadas como taxis) compartido con algunos lugareños hasta la Hidroeléctrica, que es la estación de tren donde se coge el tren hacia Machu Picchu. Cómo llega el resto de gente hasta allí, los adinerados, no lo sé, pero nuestro camino fue ese. Y una vez allí, como pobres que éramos, nos pegamos el pateo por las vías del tren hasta llegar a Aguascalientes, que fueron otras 3 horas si mal no recuerdo. Todo un día para llegar hasta Aguascalientes por lo barato, vaya, que es el pueblo franco desde donde se accede a Machu Picchu.

camino de Machu Picchu

camino de Machu Picchu

Así que dormimos un rato, unas cuantas horas, y como a las 2 de la mañana nos pusimos en marcha hacia Machu Picchu. El tema es este: dentro del Parque Nacional de Machu Picchu hay otra montaña que se llama Wayna (o Huayna) Picchu, que es la más empinada que hay al lado del antiguo pueblo; pues el sitio este tiene un aforo máximo diario de 500 personas creo que era, y al entrar, a las 6 de la mañana, hay tortas para no quedarse fuera de ese cupo. Con deciros que nosotros llegamos a las 4:30, después de hora y media de pegarnos el pateo por la montaña de noche y con linternas para llegar hasta la entrada de Machu Picchu, y ya había allí como 10 personas haciendo cola… A las 5:50 la cola era ya bastante grande. Curiosamente nosotros, a pesar de ser de los primeros, no habíamos sido lo suficiente espabilados como para comprar el billete de entrada el día anterior, y hicimos la cola para nada, porque abrieron antes las puertas para los que ya tenían billete que para los que tenían que comprarlo; así que cuando entramos ya había pasado dentro un huevo de gente. Pero por suerte no tuvimos problemas para acceder al Wayna Picchu. Eso sí, otra hora y media de subida por la montaña. Los putos incas estos debían tener todos los gemelos de Roberto Carlos, al menos.

Pero merece mucho la pena. Las vistas de Machu Picchu y alrededores desde el Wayna son increíbles, posiblemente lo mejor de todo el complejo. Además del hacerte ponerse a pensar cómo carajo los incas costruyeron eso ahí, y para qué, pudiendo hacerlo en algún otro sitio mucho más sencillo.

Machu Picchu desde el Wayna Picchu

lo alto del Wayna Picchu

Pero bueno, estuvimos un rato allí viendo el pueblo, que aunque esté reconstruido es un verdadero espectáculo, y haciéndonos las miles de fotos que todo el mundo se hace allí. Todavía hay alguna parte que no está reconstruida y donde se pueden ver las piedras tiradas por ahí, que te da una idea de lo que tuvo que encontrarse el señor que llegó aquí por primera vez desde occidente. Ese hombre sí que tuvo que flipar al llegar aquí.

Machu Picchu

Machu Picchu

Machu Picchu

Así que nada, después de toda la mañana dando vueltas por ahí, que nos lo habíamos ganado, emprendimos Aída y yo el camino de retorno, esta vez sin los ecuatorianos gorrones -a los cuales, por cierto, les pillaron los guardias intentando entrar sin pagar y tuvieron que apoquinar… previo gorroneo a todos los presentes, por supuesto- y sin los brasileños. A las 12 de la noche llegamos de nuevo a Cuzco.

En Cuzco estuvimos otro par de días, porque lo merece. Es una ciudad preciosa, como sacada de plena Castilla en el siglo XVI y colocada en medio de América. Son todo casas coloniales, con sus patios castellanos, y algunas calles auténticamente andaluzas, con las macetas colgadas en las paredes encaladas de blanco, puertas enrejadas de hierro en cada casa, y mil detalles más que te hacen creer que en una calle estás en plena Salamanca, y en la siguiente vas caminando por el Albaicín. Pero no, es Cuzco, nunca deja de tener cierto aire americano. Y si sales un poco del centro el contraste con la ciudad histórica es más que evidente. Pero es un auténtico gustazo pasarse allí 2, 3, y los días que hagan falta.

Cuzco

Cuzco

Cuzco

Cuzco

Luego ya nos separamos Aída y yo. Fui un día a Ollantaytambo, que es un antiguo pueblo inca con unas ruinas muy bien conservadas. La gracia particular del pueblo, aparte de la zona de las terrazas agrícolas, los restos de los templos, etc, es que el Ollantaytambo actual, donde vive la gente, fue construido sobre los cimientos del antiguo, y más del 50 % del pueblo de hoy día es incaico. Es decir, en las fotos se puede ver un poco mejor: las casas no son completamente incaicas, pero sí en un buen porcentaje; el empedrado de las calles y su canalización para recoger el agua de las lluvias también; y en fin, la esencia es todavía prácticamente inca, con lo que te puedes hacer una idea bastante aproximada de cómo vivía aquella gente.

ruinas de Ollantaytambo

ruinas de Ollantaytambo

ruinas de Ollantaytambo

Eso fue una excursión de un día desde Cuzco, así que volví allí y me cogí el tren a Lima. Otra vez lo mismo: parece no muy lejos, pero eso son tus buenas 24 horas de autobús, por carreteras insufribles, curvas interminables, tramos sin asfalto… y el servicio del autobús roto, con lo que el hedor que salía de ahí no hacía el viaje mucho más agradable. Eso es Perú, vaya.

En Lima estuve solo un día, lo suficiente para ver el centro. Aquí ya estaba yo solo, y las pintas de guiri que llevaba me hacían ir un poco más precavido, no me fiaba mucho de salirme mucho del centro en pleno Lima, con mucho menos ambiente guiri que Cuzco, donde íbamos a nuestras anchas. Así que me pegué allí el día, me ví las iglesias y los edificios coloniales varios, bastante bonitos, y me volví para Santiago, finiquitando el viaje de despedida de Sudamérica. Por esta vez.

Catedral

Lima

Lima

Lima

Palacio Arzobispal

Cinco finales antológicos

Aquí dejo mi meme al que me ha invitado el Sr. Eulez. Seguramente si me pusiera a pensar más concienzudamente, me acordaría de algún final de alguna peli en que no he caído, pero estos son los mejores que me vienen a la mente ahora mismo.

1. El Bueno, el Feo y el Malo. No sólo es una de mis películas favoritas y la culminación del spaghetti western, es que este duelo es para mí el mejor de la historia del cine del Oeste, en ese modo de entender esas historias de aventureros desharrapados que solo el maestro Leone tenía. Y qué decir de la música: sublime. Duelo que viene a continuación de la escena del Éxtasis del Oro (rodada en pleno Burgos, para el que tenga curiosidad), que también es soberbia. En definitiva, los 20 últimos minutos de esta película para mí son 20 minutos imprescindibles de la Historia del Cine.

2. Pulp Fiction. Imposible evitarla. El sermonazo que le suelta Jules a Tim Roth para perdonarle la vida cuando pretendía atracarle es imperdonable. Fundamental.

3. Barry Lyndon. Otra de mis películas favoritas. El final de Barry, el duelo que pierde contra su hijastro y que le condena a vivir en la miseria hasta el final de sus días, después de haber vivido tanto, haberlo tenido todo y nada, haber sido un aventurero capaz de conseguir grandes cosas de la nada y un miserable cuando se ve en una posición por fin cómoda, para mí es desgarrador.

4. La Vida de Brian. Siempre hay que mirar el lado brillante de la vida. Incluso cuando vas a morir crucificado. Poco más puedo decir que no se haya dicho ya, genial.

5. El Furor del Dragón. El que lleve por aquí un tiempo sabrá que soy un auténtico devoto de Bruce Lee. Y esa lucha final entre Bruce Lee y Chuck Norris es lo más grande que ha dado el cine de artes marciales. Una pelea entre Bruce Lee y Chuck Norris, cojones, eso SÍ que es antológico; aparte de lo bien rodada que está y el marco incomparable en el que se hizo.

EXTRA: Se me ha quedado fuera Infiltrados. Una película bastante reciente para variar un poco, y una de las que más me ha gustado de los últimos tiempos. Es precisamente la escena final del ascensor lo que la hace tan brutal. Y el final después de eso, cuando todo parece que va a salir bien para el personaje más ruin y mentiroso de la película, aparece el poli honesto justiciero para poner las cosas en su sitio. Pero la vida sigue, esto no es importante para nada, solo una historia más de esta ciudad.

Invitaría a alguien, pero por aquí no se pasa mucha gente xD. Así que si alguien lo lee y le apetece hacerlo en su blog, que deje el enlace en los comentarios que ya me pasaré.

El camino de la energía y la armonía

Eso es lo que significa aikido. Porque he decidido que me voy a convertir en una máquina de partir brazos. Llevaba mucho tiempo queriendo hacer algún arte marcial, y aunque al principio me decantaba por otros, desde hace un tiempo el que me llamaba la atención era justo este, el aikido. En Santiago lo intenté, pero el dojo que encontré me pillaba muy lejos y mal conectado desde mi casa (es lo que tiene vivir en una megaurbe); pero ahora que estoy en un sitio más abarcable y con las infraestructuras de transporte más desarrolladas me he decidido, y llevo ya casi un mes.

Lo que me atraía y sigue atrayendo de las artes marciales es el componente más espiritual. El conseguir el equilibrio de la mente a través del equilibrio del cuerpo, y viceversa. Y es alucinante, después de ver algunas de las cosas que hace mi maestro, lo que se puede conseguir sabiendo usar nuestro bien nuestro propio cuerpo. Porque el aikido va precisamente de eso, de conocer el cuerpo humano y aprovechar sus limitaciones para tumbar al rival sin utilizar de un modo intensivo la fuerza; básicamente en hacerle perder el equilibrio. Esto se traduce en muchas llaves que fuerzan sobre todo las articulaciones del oponente; cuando recibes una llave, el propio dolor que sientes te hace acabar cediendo tú solo. Esto, sumado a lo que tienen en común todas las artes marciales, que es la eficiencia de movimientos, el encontrar el balance del cuerpo, y el saber enfocar nuestra energía interna, hace que al final aprendamos a utilizar mejor nuestro cuerpo, no solo como arma, sino para cualquier cosa, que es lo que busco principalmente. Además de que es un ejercicio muy plástico, especialmente en la práctica con armas, pero más que por bello por estético, al estar todos los movimientos tan bien depurados y equilibrados.

Claro, yo todavía soy un novato, pero el ver las cosas que hacen los cracks del dojo motiva para seguir practicándolo.  Dudo mucho que sirva de algo en cuestión de defensa personal, al menos hasta que no eres un usuario muy avanzado -o sea, durante muchos años-, porque de momento todos los movimientos que aprendemos comienzan en una posición estática con el rival agarrándonos la manga -algo que de seguro no se va a dar en una situación real-. Pero cuando ya eres un crack y te sabes los movimientos de memoria, puedes buscar ese punto de comienzo en medio de un ataque real, y aprovechar un golpe mal proyectado -que sería lo normal en una situación ‘callejera’- de cualquier atacante para agarrarle el brazo y dejárselo hecho unos zorros de momento.

Así que nada, si me veis por la calle aprovechad para meteros conmigo ahora, porque dentro de un tiempo no toleraré ni una :D.