A contracorriente

No sé por qué me ha tocado a mí. Con lo fácil que es dejarse llevar por el rebaño. No dar un ruido. Decir siempre lo que dice el de al lado, dejarse imponer la normas colectivas, sin jamás cuestionar qué sentido tienen ni por qué están ahí, o mismamente si son siquiera justas. Tratar de entender cómo hay que medrar en esta vida o conseguir las cosas que uno quiere sin molestar a nadie, siguiendo los cauces establecidos por esta sociedad.

Yo a la conclusión que he llegado, es que generalmente se hace no siendo honestos. Si uno elige ser honesto, en este mundo, se va a llevar más palos que un extra en una de Bud Spencer y Terrence Hill. La honestidad es esa cualidad tan exigida por todo el mundo en los demás, y tan poco respetada cuando se trata de uno mismo. Porque, como dice la canción de Calle 13, El Aguante”, y dentro de la lógica de nuestra Humanidad, nos creemos la mentira y nadie aguanta la verdad. No aguantamos la verdad porque generalmente duele, y de ahí tenemos que tragarnos mil millones de mentiras, a cada cual más absurda y a cada cuál más gorda. Queremos que nos mientan porque no soportamos el dolor que nos va a poder causar la verdad. Y eso lo sabe mucha gente. Eso es lo que se llama: ‘vivir en sociedad’.

¿Por qué no he podido yo entrar en ese círculo y ser un falsete como los demás que solo diga cosas agradables para conseguir las cosas que quiera?. Bueno, en primer lugar supongo que es porque siempre se me ha dado mal mentir; pero como no sé si eso es la causa o la consecuencia, creo que es algo un poco más profundo. Creo que si he elegido este camino tan jodido de ir diciendo por ahí verdades dolorosas (en muchas ocasiones; en otras muchas también me equivoco yo; la cuestión es saber reconocerlo), es porque sé que si uno se deja llevar por las mentiras al final vivimos una vida de mierda. Una vida en la que posiblemente seríamos felices; pues no hay mejor remedio para la felicidad que la ignorancia; pero no sé hasta qué punto se puede considerar felicidad algo insustancial, que exista en la mente solo del que la vive. Según esa manera de pensar, podríamos vivir todos drogados, como se ha propuesto ya en tantas obras de ciencia ficción distópicas, y ya habríamos resuelto el problema. Porque hoy día, a lo mejor no vivimos permanentemente drogados, pero sí que lo hacemos en buena parte alienados, que no tiene efectos muy distintos: gracias a los medios nos creemos lo que nos queremos creer, y así, nos inventamos nuestra particular visión de la realidad, la que más nos guste a nosotros, que generalmente estará bastante alejada de la realidad. Cuanto uno más se acerca a la realidad real de este mundo, más sufre, más se activa, y más quiere cambiar las cosas.

Me vuelvo a hacer la misma pregunta: ¿por qué me ha tocado a mí?. ¿Quizá porque yo he sufrido en mis carnes, en mis circunstancias personales, las consecuencias de no atenerse a la realidad sino a la que cada uno (en mi caso, algunas personas cercanas) se quiere inventar en su cabeza? ¿O a lo mejor porque yo soy capaz de ver, como tanta otra gente menos alienada, adónde nos pueden llevar las consecuencias de nuestros actos si no las medimos? Pero en ese caso la pregunta sería: ¿por qué tanta gente ha decidido alienarse? ¿Por qué hay tanta gente que da por buenas mentiras que le rodean, si en cuanto cruzas el umbral de tu familia o tu barrio, ya ves que no son así? Es verdad que la verdad duele, pero ¿tanto?.

contracorriente

Yo personalmente creo que duele mucho más vivir en la mentira permanente. Ya lo hemos visto estos últimos años con la mal llamada crisis: nos podemos creer lo que queramos, pero tarde o temprano, la realidad te golpea. Yo no he querido elegir nunca un camino que le pueda hacer daño a la gente, aunque sea de palabra; pero creo que me ha tocado, cual Morfeo en Matrix, ir despertando a la gente, la que esté dispuesta a despertarse, aunque sea a base de hostias en vez de pastillitas. No porque yo saque nada de esto: sino porque si no, lo paga toda la sociedad. Aunque sea una sociedad que quiera ser engañada y que le cuenten milongas para acostarse más tranquilita todas las noches, y tener a alguien a quien poder echarle las culpas de todos sus males, en vez de hacerlo a sí misma; o algún salvador, sea Jesucristo, o sea la policía, o sea Batman, que pueda venir a rescatarla cuando se encuentre desvalida. Aunque sea una sociedad que creo que no tiene remedio. Pero no me queda otra que intentar arreglarlo, a pesar de mis más que limitadas capacidades, y de todos los palos que me voy a llevar, por nuestro futuro y el de los que puedan venir.

A volar de nuevo

Llevo ya tres años en mi tierra desde la última vez que vine. Nunca pensé que fuera a volver tanto tiempo. Desde que empecé a viajar, que coincide justo con cuando me abrí el blog -casi-, me imaginé que mi vida iba a ser un ir de aquí para allá constante. Tenía muchas ganas de conocer mundo, de aprender, de que lo que viviera me cambiara, siempre en un lugar distinto del planeta. Pero mira por dónde, las cosas nunca salen como uno las planea. La vida te trae las cosas que menos te esperas, y del modo que menos te lo esperas y cuando menos te lo esperas. Cuando yo empecé a viajar, pensaba que iba a aprender muchos idiomas, recetas gastronómicas, distintos tipos de arte y maneras de expresión… pero lo que no sabía es que eso me iba ayudar mucho a conocerme a mí mismo. Que tenía dentro cosas con las que tenía que enfrentarme y que me iban a doler mucho. Y que iba a necesitar estar un tiempo parado dedicado exclusivamente a eso, de lo duro que era. No es nada nuevo, supongo que es la eterna historia del hombre que se retira un tiempo de la vida y vuelve a aparecer mucho más sabio y cambiado; lo que no sabemos o no nos cuentan es qué motiva a esas personas a hacer eso, porque a nadie le apetece pegarse 3 años en el desierto o en la montaña solo alimentándose de cucarachas y lagartijas. Yo ahora lo sé; o por lo menos, en mi caso sé que fue necesario retirarme de ese modo, que no lo hice por gusto. Y poco a poco, van viniendo los resultados.

Ahora en unos mesecitos, como ya digo, voy a hacer 3 años desde la última vez que volví de un viaje, o un amago de viaje, que fue aquel de Montpellier. Allí, y en los meses posteriores, fue cuando ya me dije no puedo seguir así. En este mundo donde todo va tan rápido, donde queremos vivir todo de golpe y toda la gente te juzga por el trabajo que tienes y el dinero que ganas, fue una decisión durísima. Durísima pero necesaria. Estos 3 años han sido 3 años de mierda, pero los necesitaba: aislarme de la gente, de la sociedad, de la presión, ir construyendo de nuevo, tranquilamente, los cimientos de mi persona para hacerlos más fuertes. Ahora puedo decir que soy distinto. Todavía no estoy del todo como quiero estar, pero desde luego estoy mucho más cerca.

El caso es que en unos meses me toca largarme de nuevo. No tiene nada que ver con la situación del país, ya que creo que tal como están las cosas, lo mejor que podemos hacer es, quien pueda, quedarnos y seguir luchando contra este gobierno de delincuentes e hijos de puta. Pero yo quiero seguir creciendo y seguir aprendiendo, y seguir haciendo todo aquello que me imaginé cuando empecé a viajar y que no he podido hacer como me gustaría, especialmente en toda esta última racha. Es otra época, tengo otra edad, se supone que debería tener más responsabilidades; pero uno no tiene, o no debería tener, más responsabilidades que las que esté dispuesto a afrontar. Yo ahora mismo necesito seguir disfrutando un poco más. Que las obligaciones ya llegarán, más temprano que tarde.

Así que, llegado el momento de elegir destino, lo tengo relativamente claro. No sé cómo me iré ni en qué plan, pero mis opciones son dos: o a que me gaseen en Turquía, o a profundizar en mi vena romántica celta en Irlanda. El tiempo me dirá cuál es mi destino, y será pronto.

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Rutina anual, como la de todos los años, que quiero mantener. Una especie de felicitarme a mí mismo, pero que en realidad, de lo que se trata, es de dejar impronta de lo aprendido en este último año, desde la última vez que hice esto mismo; para así algún día, poder mirar atrás y poder ver lo madurado o inmadurado con el paso de cada año. Todavía no me he puesto a hacerlo, pero si uno echa un vistazo a mi blog y a sus archivos, que es el verdadero valor de tener un diario, puede ver por dónde andaba cuando cumplí los 28; por dónde no andaba cuando cumplí los 27, porque no escribí ninguna entrada al respecto, y que me da una idea perfecta de por dónde andaba: perdido y casi destruido; cómo fue la entrada en los 26, que fue increíble, pero al mismo tiempo fue la antesala de la perdición, y el día que marcó el comienzo de ella. Es curioso lo que digo en ella, en esa entrada justo: “este lustro, el que va de los 26 a los 30, es el más crucial para lo que voy a ser yo en el futuro“. Joder, y tanto que lo fue. Crucial, digo. Me marcó ese puto día los 3 años siguientes, aunque no diré por qué. El que me conoce lo sabe. Y sí que me marcó, aunque no sé si fue para bien o para mal, eso el tiempo lo dirá. Pero desde luego aquel día, viéndolo en retrospectiva, sí que fue importante, mucho más de lo que pensaba cuando escribí eso, pero lo fue para ese lustro y creo que para el resto de mi vida; aunque todavía no sepa el alcance exacto que va a tener. Y para terminar con el repaso, aquí está la entrada de mis 25, y aquí la de mis 24. La de los 24, que fue el comienzo de todo. Porque esa entrada, la de los 24, fue mi primer cumpleaños del que di cuenta por aquí, y es importante, puesto que creo que para mí, el empezar a escribir en un blog, fue el inicio de mi búsqueda personal. Una búsqueda que di por terminada con esta otra entrada, pero que supongo que no lo estará, porque de buscar uno no termina nunca.

Pero sí, como dije en mi artículo sobre mi entrada en los 26, y a falta de un año para terminarlo cuando llegue a los 30, este lustro ha sido importantísimo. Muy distinto de lo que esperaba, ha sido encontrarse con un problema tras otro, a cada cual más difícil, pero que al mismo tiempo me ha hecho darme cuenta que son los problemas los que marcan nuestra personalidad. No son los momentos de paz, alegría y felicidad, son los momentos en que las circunstancias te pueden, en los que te exigen, y te hacen pensar y repensar la manera de salir airoso y sobrevivir a ellas. Los momentos de felicidad nos hacen disfrutar de lo aprendido en los momentos de dificultad, porque sin ellos, no podríamos disfrutar los otros plenamente. Como por ejemplo, la feria, que es en lo que estamos este año. Porque además, como mandan las tradiciones cordobes-sevillanas de que soy parte, este año mi cumpleaños ha caído en feria. Así que, qué coño, a celebrarlo me voy con todo el que se preste; ya me tocará afrontar dificultades en otro momento, pero esta semana es de feria.

Pues eso, besitos y rebujitos pa tol mundo.

Portada

Mi padre

Este título tan soso, de esta entrada tan personal, encierra muchas cosas. Para empezar, creo que si algún día me hice un blog, fue para poder escribir esta entrada en algún momento; reunir el valor necesario y la habilidad con la escritura suficiente para poder decir exactamente lo que quiero decir. Estos últimos 5 años de blog han sido solo un entrenamiento para esto, simplemente para poder hablar de esto, para poder coger confianza con el medio escrito y poder abrirme desde dentro hasta aquí.

Con esto solo quiero decir que voy a hablar de la persona que más me influido en mi vida: mi padre. La peculiaridad del tema es que lo ha hecho solo una vez muerto. Un padre normalmente es un modelo de vida, un ejemplo a seguir, la persona adulta en la que nos reflejamos cuando somos niños. A veces demasiado, puesto que podemos anularnos a nosotros mismos intentando ser él. Pero para mí no, para mí ha sido mi ejemplo a no seguir, la persona que no quiero ser. No porque fuera mala persona, que no lo era, sino por una cosa fundamental: se rindió. No fue capaz de resolver lo que le atormentaba. Desde el momento en que lo supe, y quizá desde antes porque lo intuía, me dije a mí mismo que no me rendiría jamás; que seguiría día tras día analizando mis problemas hasta encontrarles una solución, para no verme nunca en la situación de estar en un callejón sin salida. Para no verme en la situación de decir ‘tiro la toalla’, y dejarle toda mi mierda a los demás, que no han hecho nada para merecérsela. Y es una lucha dura; aunque necesaria.

Porque mi padre, sin ser nunca mala persona, nunca fue capaz de afrontarlos. Siguió huyendo y huyendo, buscando el placer inmediato, incapaz de pararse y mirarse a sí mismo. Y seguramente no fuera por mala voluntad, seguramente fue por miedo, miedo al dolor, a afrontar una realidad demasiado dura, una realidad que hace temblar los cimientos más íntimos de nuestra persona. Pero eso lo único que causó fue que no fuera capaz de ponerle freno, y ir acumulando mierda encima de mierda, haciendo la bola cada vez más grande; hasta que un día explotó. Un día tuvo que explotar, y lo hizo, causando tal terremoto en su familia y seres cercanos, que sus problemas siguieron sin resolverse: los traspasó a los demás. ¿Por qué nadie quiere volver la vista hacia la parte desagradable de la realidad? ¿Por qué todo el mundo no hace más que huir?. Pero bueno, esto no va sobre los demás, esto va sobre mi padre, que además de cobarde, fue un irresponsable, dejando toda la mierda que él no fue capaz de afrontar a los demás. Y así se crea una cadena de mierda hasta que a alguien se le ocurre cortarla; y ese alguien me parece que me ha tocado ser a mí. Pero no por nada, sino porque quiero ser feliz, no quiero vivir con esta mierda dentro de mí, que yo no he hecho nada para tenerla y me ha impedido vivir en condiciones durante demasiado tiempo ya. Demasiado limitado en mis adentros, sin haber hecho nada para estarlo.

Luego piensas que sí, que todo el mundo tiene sus problemas, pero me la pela: yo tengo los míos y trato de resolverlos para siempre, no de huir hacia delante poniendo parches aquí y allá. Si para los demás hacer eso es una solución, allá ellos: ya pasarán a pasarles la factura, ya que nunca se habrán ido del todo. Si uno es capaz de aceptar sus límites interiores nunca crecerá, si acepta las cosas que no funcionan en su vida como algo normal nunca las resolverá; porque además los hay que hemos tenido unos límites demasiado opresivos, demasiadas cosas que no han funcionado, y haberlas aceptado habría sido lo mismo que dejar de vivir. Y me niego a dejar de vivir. Yo no pedí nunca esta vida, pero ya que me la han dado, voy a disfrutarla en toda la plenitud que me sea posible: y eso se hace por dentro, no por fuera.

Escribir

Últimamente le vengo dando vueltas al tema, ¿por qué ya no me apetece tanto escribir aquí?. La respuesta creo que es que porque escribir ya ha cumplido su función para mí. Para mí escribir se convirtió, sin saberlo, instintivamente, en un medio, una herramienta para deshacer el atasco que tenía dentro. Pero una vez desatascado, o casi, no necesito sacar más cosas. Bueno, sí, siempre hay algo que sacar, pero la necesidad es menos fuerte.

Hay gente para la que escribir se convierte en un estilo de vida, un fin en sí mismo, que necesitan encontrar cosas que decir sólo para poder escribirlas, y así poder sentirse un escritor. ¿Y qué sentido tiene eso?. Es que para mí, a estas alturas, nada me parece que pueda ser un fin en sí mismo. ¿De qué sirve escribir por escribir?. Escribir sirve para poder transmitir cosas, sentimientos que sientes dentro y que te gustaría poder compartir con los demás; de ahí que cuanto mejor sepas escribir, mejor sabrás transmitir esos sentimientos a los demás. Todo lo demás no creo que tenga mucha importancia. Forzar cosas que escribir sólo trae que lo que cuentas pierde gran parte de su valor. Es la diferencia entre seguir una filosofía de push (empuje) y pull (arrastre). Empujando tienes más fuerza, vas con todo, mientras que arrastrando, forzando, vas como salvando momentos. ¿No?.

Y de todo esto, aunque ya haya cumplido su función para mí, me ha dejado un buen bagaje: ahora sé manipular las palabras para expresar lo que quiero exactamente expresar. Que no es mala cosa, y siempre viene bien saber. Pero la necesidad de ir contando mis historias por aquí se ha ido desvaneciendo; aunque siempre queden cosas que contar.

La apariencia

Pues sí, vivimos en un mundo lleno de puta apariencia. Un lugar donde la gente lo primero que hace es analizarte y hacerse una idea de ti por cómo vistes o el papel que interpretas; donde lo que más importa es caerle bien o gustarle al de enfrente, y la gente se aprende los clichés o las poses más generalizadas para esto en vez de tratar de ser mejor persona él o ella misma. Pero yo hace tiempo que me negué, hace tiempo que decidí ser yo mismo y a pesar de los palos que esto conlleva hacia delante que voy con esta idea fija sin que nada me haya hecho cambiarlo hasta ahora. Porque sí, ser uno mismo quiere decir que si me apetece decirle a alguien ‘hijo de puta’ porque se lo merece, se lo digo sin problemas, aunque eso signifique que alguien me pueda tachar de maleducado y me pueda ganar algún que otro enemigo por expresarle en la cara lo que es y que él no sepa aceptarlo; porque ser uno mismo también significa poder decirle a alguna tía que me gusta ‘oye, me gustas’, y al mismo tiempo significa llevarse el palo de su parte al verla volverse arrogante contigo, como la que se siente superior porque te hayas abierto a ella; porque ser uno mismo quiere decir que si estoy triste o lo estoy pasando mal, no me apetece poner caritas para que la gente se sienta mejor: no, yo estoy así, y así me muestro, y si a ti no te gusta verme abatido y te vas a otra parte por ello, sólo me estás demostrando la mierda de persona que eres; y entonces seré yo el que no te quiera a ti a mi lado. Porque luego cuando a ti te toque pasarlo mal y todos esos amiguitos de mentira te den de lado, te pondrás a llorar y a maldecir tu vida, pero la culpa habrá sido tuya por no haber querido mirar más allá de las apariencias cuando tuviste que hacerlo.

Porque en estos últimos años del siglo XX y primeros del XXI vivimos una especie de fantasía multicolor de mierda, donde todo el mundo quiere aparentar ser superfeliz y todos quieren ser muy amiguitos unos de otros, y todo son experiencias maravillosas; hasta que llega el momento en que los necesitas y te dan la espalda. Como toda la vida, supongo; pero ahora es incluso más exagerado. Este mundo en que vivimos hoy día, dominado por la corrección política, nadie quiere ser el que diga ‘pues yo no soy feliz’, ‘pues tú no eres mi amigo, salgo contigo sólo por salir’, porque entonces se le derrumba la mentira a todo el mundo. Todo el mundo ha aceptado tácitamente que viviendo esta mentira feliz nos hace automáticamente más felices a todos, y nadie se atreve a cuestionarlo. Pues yo no lo voy a hacer tampoco, no lo voy a cuestionar; allá vosotros con vuestras historias y vuestras mentiras de colorines. Pero no me pidáis tampoco que las comparta.

Liberación

Hacía dos meses que no escribía nada por aquí… He necesitado tomármelos para liberarme un poco. Porque cada vez que notaba esa presión de ‘tengo que escribir en el blog’, reaccionaba del modo contrario: no haciéndolo y pasando del tema. No es que no haya nada que contar, siempre hay algo que contar; el tema es el cómo hacerlo. No quiero contar cosas por obligación, ni redundar en los mismos temas una y otra vez. Así que cuando he visto que mi estado de ánimo no era distinto del de estos últimos meses y que una entrada más no iba a aportar gran cosa, pues sencillamente me olvidaba de escribirla.

Tengo varias entradas a mitad, la verdad, y algún día de estos cuando me apetezca las publicaré. Pero estos dos meses de abstinencia me han servido para liberarme más o menos de esa presión por escribir que sientes desde que te abres un blog. Yo no quiero escribir bajo presión, quiero contar cosas con autenticidad, aunque sea la mayor gilipollez que me pase por la cabeza; quiero contar algo que necesite contar, que las palabras acaben en la pantalla porque no puedo retenerlas más dentro, que tengan que salir porque he madurado tanto la sensación que transportan dentro que si no se la cuento a alguien reviento. La diferencia entre escribir y contarle las cosas a alguien más es que cuando escribes no necesitas ninguna comprensión inmediata. El papel (aunque ya nos resulte decirlo un poco anacrónico) perdura, y no esperas de él ninguna respuesta positiva ni solución inmediata a tus dilemas, como hacemos la mayoría de las veces que contamos nuestras cosas a algún amigo. Escribir es una terapia gratuita cuyos frutos toman forma a mucho más largo plazo.

Quizá he perdido también un poco de facilidad a la hora de ponerme aquí delante. Últimamente necesito madurar mis pensamientos mucho más antes de sacarlos fuera. Es como si sintiera que mi tiempo de dilemas pasó, que ya toca tener respuestas, y estoy esperando que lleguen por sí solas. Pero bueno, lo importante por ahora, es que he roto el hielo de nuevo con este mi pequeño rincón, así espero que poco a poco las cosas vayan saliendo de nuevo.