Roma

Hace una semana que volvì de Roma, y despuès de 6 dìas y 800 fotos, ¿què puedo decir? Roma es una ciudad que rebosa HISTORIA y ARTE, asì, con mayùsculas.

En realidad, Roma es una ciudad dura. Dura en el sentido de que es difìcil encontrar por dònde cogerla. Como dice mi amiga Grazia, con toda la razòn del mundo, hay 3 Romas: la Roma Antigua, la Roma de los Papas y la Roma Moderna, capital de Italia. La Roma de hoy no es un conjunto de las tres, sino que parece que la Roma Moderna està atrapada por las otras dos. Es una ciudad bastante provinciana. Si siguièramos la lògica del desarrollo Norte-Sur y la comparàramos con España, Roma estarìa màs al Sur de Sevilla.

Esa fue mi primera impresiòn. Es cosa de la gente. Pasan bastante de todo. Aunque tampoco he conocido muchos romanos, es la sensaciòn que da.

Lo que ocurre con el tràfico es ilustrativo de còmo es la gente de allì. Vino a recogerme a la estaciòn Floriana, con un Fiat Uno completamente destartalado, y lo que siguiò fue una especie de rally urbano por las calles del centro romano (pena que no tuviera la càmara a mano para grabarlo). Porque el tràfico de Roma es asì. La gente cruza por donde sea, ves coches pasar en todas direcciones en cualquier sitio, y todo sin ningùn tipo de regla lògica, porque parece que no existen ni los carriles. Cada uno tiene sus propias reglas, que se podrìan resumir en la regla general de maricòn el ùltimo. Pero es divertido. Cada vez que te montas en el coche vas con una sensaciòn de riesgo constante, aunque sepas que difìcilmente va a pasar nada. Es màs o menos como un parque de atracciones. Y yendo de peatòn es parecido: en los pasos de cebra no se paran para dejarte pasar, te esquivan.

De todos modos sì que he grabado algo de cuando cogìamos el coche por la noche, aunque no es lo mismo. No hay ni la mitad de tràfico que durante el dìa.

Eso sì, las mejores pizzas que he probado hasta ahora, en Roma.

Todo eso no importa mucho cuando llegas a los sitios clave. La zona antigua abruma. Es imposible llegar a imaginarse còmo era la vida allì hace 2000 años, pero solo con la sugestiòn de la antigua grandeza de la ciudad uno ya se siente atrapado. Vas viendo sitios, leyendo carteles o escuchando a los guìas que pululan por allì, y poco a poco eres consciente de que esa civilizaciòn, dos milenios antes que la nuestra, estaba tan avanzada que se nos podìa comparar en algunos aspectos. Incluso su tecnologìa, sin que hubiera tantos avances en las ciencias, era tremenda. Es un deleite imaginarse el centro de la Roma Imperial, con grandes edificios completamente de màrmol y gente yendo de un lado para otro, por donde hoy solo hay ruinas.

Hay dos lugares que merecen menciòn especial. El Coliseo y el Panteòn. El Coliseo està al lado de los foros y el Palatino, en plena zona antigua. No hay mucho que decir de algo que conocemos todos, excepto que impresiona mucho màs verlo en vivo. Como con todo lo que queda de la Roma Antigua, es abrumador fantasear con la idea de còmo debiò ser el Coliseo antes de tantìsimos años de abandono y saqueo. Un edificio que en ese tiempo ha sido testigo de muchas cosas. En su mejor època, fue circo de Juegos para los romanos, pero luego ha sido tambièn desde hogar para familias sin casa, a fortaleza de nobles, hasta cantera para la construcciòn de iglesias en el perìodo papal. Sin duda, ninguna de ellas comparable con el esplendor que tuvo que vivir en sus comienzos, cuando los romanos llenaban sus gradas 10 dìas al año, en los que se mataban fieras traìdas de Africa y Asia, se batìan en duelo gladiadores y hasta se recreaban jornadas de caza en una jungla o batallas navales. Lo bueno del Coliseo es que està lleno de guìas con grupos y te enteras de cosillas muy interesantes.

El Panteòn està algo alejado de la zona antigua romana, pero es de los edificios màs especiales que tiene la ciudad. Para mì, el màs bonito de los antiguos. No solo porque despuès de tanto tiempo està casi intacto, ademàs tiene un emplazamiento bastante pintoresco, siempre lleno de gente. Ahora el Panteòn cobija los restos de los reyes que devolvieron la unidad a Italia.

En la Roma Antigua puedes tirarte el tiempo que quieras, pero posiblemente lo que màs sorprenda es la Roma cristiana. Todos sabemos que Roma debe haber sido a lo largo de muchos siglos la ciudad màs catòlica existente, y que hubo una època en que aquì habìa muchìsimos artistas. Pero de lo que uno no es consciente hasta que se persona allì es de la magnitud de ese arte. Estamos hablando de unos cuantos de los màs grandes artistas de la Historia, y que dejaron la mayorìa de sus obras allì, en Roma. O sea, vas andando por la ciudad, un barrio cualquiera, una calle cualquiera y ves una iglesia. Claro que ya desde fuera la màs mierda de las iglesias de Roma te impresiona porque casi todas son grandiosas. Pero vas, entras a ver què hay dentro, y sencillamente quedas deslumbrado. Unos frescos… unas pinturas… unas esculturas… capaces de dejarte sin aliento por unos momentos. Una profusiòn de detalles dentro de las iglesias, una manera de recargar la decoraciòn sin llegar a sobrecargarla, que no se puede calificar de otro modo que no sea magistral. Y de preciosa. Es que no, no es una decoraciòn cualquiera. Es que vas a cualquier iglesia de barrio y de repente te encuentras con el Moisès de Miguel Angel, por poner un ejemplo. Y quien dice Miguel Angel, dice tambièn Caravaggio, Bernini, o cualquier otro artista que ni suena el nombre para alguien que no estè versado en el tema, pero cuyo arte igualmente dio lo mejor de sì a aquella ciudad. Da lo mismo quien sea, te deja con la boca abierta de igual modo.

Eso con las iglesias de la ciudad, porque lo del Vaticano ya no tiene nombre. No hace falta ni entrar para empezar a disfrutar. La columnata de Bernini y la plaza que alberga son una maravilla. Es un gustazo darse un paseo por allì y ademàs entretenerse viendo las gentes de toda procedencia que allì se concentran, con la consiguiente variedad de lenguas. Pero hay solo otra cosa en San Pedro que quizà me haya marcado màs, dejando de lado la cùpula y el famoso baldaquino. Al entrar, a la derecha, y tras un puñado de gente y una vitrina de cristal, està La Piedad de Miguel Angel. La escultura màs bonita que he podido contemplar nunca. La primera vez que la vì, hace ya algunos años, me dejò sin aliento. Tenìa muchìsimas ganas de volver a verla. Y allì estaba, còmo no.

Despuès de eso, uno ve el resto de San Pedro y no lo ve con los mismos ojos, pero lo cierto es que es apoteòsico. Todo es de unas dimensiones descomunales y està muy ricamente decorado. Què menos para la iglesia principal del cristianismo.

Lo verdaderamente jugoso del Vaticano, aparte de lo mencionado, es el Museo Vaticano -el camino que hay que seguir para ver la Capilla Sixtina-. Si cualquier iglesia es increìble y San Pedro te deja sin palabras, con el Museo Vaticano flipas en colorines. Aparte de las zonas egipcias, de esculturas antiguas, y de la pinacoteca, que son bastante interesantes y tienen su cosa, la miga està en andar por los pasillos de las que eran las estancias de los Papas. Resulta que para que los Papas vivieran en un sitio màs bonito y acogedor les dio por pintar las paredes. Pero claro, no de cualquier modo. Se les ocurriò que llenarlas de frescos y tapices era interesante, y para eso llamaron, pues a los tìos con màs nombre de Italia. El resultado es indescriptible. No se puede contar con palabras. Hay cosas como la sala de los mapas -que no los iban a tener en libros, ¿para què, teniendo paredes?-, o una de las habitaciones de Rafael cuyo destino original era el de biblioteca, que al verlas en vivo te quedas helado.

Asì hasta que llegas a la Capilla Sixtina. Aquella es brutal. Sencillamente brutal. Una obra de arte como pocas ha habido nunca, la mires por donde la mires.

 

No solo los frescos de Miguel Angel, los del techo y el del Juicio Final, son buenìsimos, sino que tambièn los de las paredes son de un nivel altìsimo, y crean un contraste de estilos genial con los otros. Una vez llegas ahì no tienes màs remedio que evadirte un rato del mundo real, apreciando cada gesto de las figuras o cada pliegue de las ropas. Todo es perfecto. Todo es un derroche de tècnica y maestrìa incomparable. Estès el tiempo que estès, se te hace un momento, atrapado por tanto Arte.

Cuando consigues irte de allì, lo que queda del Museo Vaticano es irrelevante, aunque hay cosillas interesantes.

Del resto de Roma, hay bastantes cosas que destacar, pero tampoco me quiero extender màs de la cuenta. Cosas como la Piazza Navona, el Castillo de Sant’Angelo, o las mùltiples fontanas -como la de Trevi, realmente espectacular- que hay en cualquier plazuela merecen ser vistas. Todo ello formaba parte del plan de los Papas para embellecer Roma en el medievo y los inicios de la edad moderna, y lo consiguieron con creces. Aquì dejo unas fotillos de lo demàs, espero que os gusten.

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