A Napoli del tiròn (II)

Cuando supimos a dònde se dirigìa el otro grupo fuimos directos para allà. Bueno, ‘directos’. Nàpoles en el mapa parece pequeñito, pero a la hora de andar no veas. Estuvimos andando un rato hasta que al final nos encontramos con ellos en el Castello dell’Ovo. Para mi sorpresa, en el viaje habìa mucha màs gente conocida de la que pensaba; algo menos sorprendente era la proporciòn, alrededor de 30, españoles – 20, del resto del mundo.

El Castello dell’Ovo es uno de los 3 castillos que tiene Nàpoles. Està metido en el mar, aunque, para hacernos una idea de còmo han sido siempre los napolitanos, estaba màs preparado para la defensa contra los levantamientos de la propia ciudad que contra lo que pudiera venir del mar. Primeras fotos integrados en el grupo.

acoplamiento completado!

Màs tarde fuimos a la Piazza del Plebiscito, guapìsima, y nos fuimos a comer al poco. Fuimos en busca de una pizzeria: Pablo, el argentino, Jaime, dos lituanas y yo, y nos dio por meternos en el Quartiere Spagnolo, el barrio español, el que es el barrio chungo de la ciudad. A ver, es que ìbamos andando por la tìpica calle cèntrica llena de tiendas buenas de ropa, giramos a la izquierda en una callejuela, y de repente nos encontramos en un barrio sùperchungo, pero que a la vez es la Nàpoles màs autèntica. Es difìcil de describir, pero es donde se nota de verdad el aire de esta ciudad: gente por la calle hablando o haciendo cualquier cosa, la ropa colgada de las ventanas encima de la calle, los perros tumbados en medio de la calzada, gente con scooters parriba y pabajo saltàndose las señales de direcciòn prohibida a la torera… Menos mal que era de dìa, porque tambièn acojonaba; sobre todo cuando nos encontramos un coche reventado en medio de la calle, con señales de bala en el capò y en una de las puertas. Y varios notas a su lado tomàndose una cerveza y charlando como si tal cosa.

Despuès de hacer el guiri con un poco de miedo por ese barrio, nos comimos una pizza y volvimos con todo el mundo. Desde ahì nos fuimos a otro castillo, el de Sant’Elmo, que està en lo alto de un monte en medio de Nàpoles y tiene unas vistas guapìsimas, y luego recorrimos el centro por la parte normal, bàsicamente lo que habìamos visto nosotros solos por la mañana. Cuando hubimos visto un poco el centro a velocidad de sprint fuimos a coger el metro. Hasta ese momento pensàbamos que la infiltraciòn estaba siendo un èxito, pero en una de estas que me acerquè a uno de los organizadores para enterarme de los planes que habìa cuando se los contaba a los otros, se me volviò y me dijo:

– ¿Y vosotros què vais a hacer? ¿Cenàis hoy con nosotros?

Se me puso cara de sudoku de momento, pero cuando me sobrepuse fui a consultarlo con mis compañeros de acoplamiento, que por supuesto estaban de acuerdo en cenar con todo el mundo. El otro grupo lo tenìa incluido en su cuota, asì que nosotros solo tenìamos que pagar aparte el precio: 7 € pizza napolitana + bebida.

Al rato de llegar al albergue nos dividimos en las habitaciones de amigos y conocidos. La putada es que habìa pocos chicos, unos 10 y 40 chicas (¡el paraìso!), y entonces a casi todos les habìa tocado en la habitaciòn algùn organizador, lo cual nos reducìa bastante las posibilidades. Al final Paco y Jorge durmieron en una habitaciòn y yo me metì en la habitaciòn de Maribel, donde dormìan ella y otras 3 chicas, que me acogieron y me dejaron un pedacito de suelo encantadas.

mis conqus (coinquilinas)! el ùltimo dìa

Cuando nos hubimos adecentado un poco nos fuimos a cenar todos juntos, a un restaurante cerca del albergue. Tenìamos medio restaurante reservado, pero en el otro medio habìa un grupo de señores viejetes, de 40-50 años, cenando y con bastante guasa, que fue aumentando conforme iban sacando limoncello. Tenìan una buena liada, uno de ellos habìa traìdo una guitarra y cuando no estaban de cachondeo y bebiendo, se tocaba algo, y los otros aplaudìan como posesos cuando terminaba cada canciòn. Era como la tìpica cena de mafiosos que se ven en las pelìculas, solo que sin ser mafiosos (o al menos parecerlo). Nosotros mientras ìbamos pidiendo y comiendo, porque èramos unos 50ypico y las pizzas salìan de 4 en 4: un autèntico coñazo; cuando la pizza le llegò al ùltimo grupo, el primero habìa terminado hacìa hora y media.

los vecinos de mesa

Entre todo ese lìo de pizzas para un lado y para otro, el napolitano de la guitarra empezò a tocar algo para nosotros, canciones napolitanas al principio, y luego siguiò con canciones en algo parecido a español. Mientras, sus compañeros se soltaron y empezaron a decirles piropos y sacar a bailar a las chavalas del viaje, que algunas de ellas eran guiris del norte y llamaban bastante la atenciòn (aunque me da la sensaciòn que hubiera dado igual). Entre una cosa y la otra, acabamos de comer y Fabio, el organizador buena gente que nos invitò a la cena, empezò a sacar botellas de limoncello para nosotros. Yo no sè de dònde salìan, pero no se acababan nunca. Asì que nosotros tambièn empezamos a bailar y cantar en breve, lo que duran dos chupitos de limoncello, hasta que nos fuimos al rato del restaurante. Nos fuimos y los napolitanos seguìan allì, ¡y ya estaban cuando llegamos nosotros!.


Nos llevamos las botellas de limoncello al albergue y nos tomamos unos pocos chupitos màs, los justos para acabar bastante contentos y con las manos pegajosas, y nos fuimos a dormir, que el dìa siguiente tocaba pateo serio.

(continuarà…)

Parte I | III | IV

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