Cómo ser una leyenda en 4 películas (y media) (I)

Esto lo escribí hace algún tiempo en mi blog antiguo, pero como no llegué a continuarlo, me lo reservé para hacerlo el día que tuviera tiempo y ganas. Como ahora.

No hablo de otro que de Bruce Lee: El Dragón. Es imposible resumir lo que significó, pero lo voy a intentar. Él hizo que las películas de artes marciales fueran reconocidas como un género más.

Las dos primeras películas no eran nada del otro mundo. No, más bien eran una puta mierda. La primera película, Kárate a Muerte en Bangkok, era la típica peli hongkonesa en serie. No he visto muchas películas hongkonesas, pero se nota. Tenía un guión de esos que parece que escriben tres en una tarde, sólo cambiando el orden de las situaciones y los nombres de los personajes. Pero esta era distinta de las demás: tenía como protagonista a un tal Bruce Lee. Ya desde el primer momento que aparece en pantalla se nota: va a ser un mito; luego lo confirmará con creces. En una película que en condiciones normales no valdría ni para pasar un rato entretenido, es increíble cómo la sola presencia de Bruce Lee como protagonista soporta un guión patético, unos secundarios lamentables y unas coreografías tristísimas, hasta transformar lo que hubiera sido una auténtica patata en un objeto de culto. Cada vez que aparece se come la pantalla sin ni siquiera necesidad de pelear: su carisma lo invade todo. Le añade a sus personajes unos gestos personales y una chulería inconfundible, que les dan muchísima personalidad y eclipsa a cualquiera que aparezca junto a él. Incluso en la dimensión interpretativa, uno no puede más que asombrarse de la naturalidad con que actúa y se mete en la piel de sus personajes hasta hacerlos creíbles y todo, como si hubiera tenido vocación de actor toda su vida.

Pero cuando empieza a pelear es cuando uno de verdad ve la magnitud de su figura. Cambiamos de unas peleas impersonales, más bien feas y con intercambios de golpes con poco sentido a una colección de poses y posturas técnicas espectacularmente bonitas. Uno no puede dejar de mirar a la pantalla, es como si los golpes ya no dolieran a la vista. Al contrario, son tan plásticos que transmiten mucho más el dolor; pero sigues sin poder apartar la vista. Él hace de las artes marciales un arte estético. Sin embargo, no es solo eso. Con él las peleas parecen de verdad. Puedes apreciar perfectamente cómo se anticipa a los movimientos de sus rivales; cómo domina la situación, controlando cada uno de los gestos de sus enemigos; la rabia contenida que libera en sus golpes… Bruce se come las coreografías también. Les da fuerza y velocidad. Controla los tiempos mejor que nadie. En definitiva, enseña a las coreografías lo que es una pelea de verdad. Y si a todo eso le añadimos sus característicos gritos de guerra, tenemos un auténtico crack.

Eso es de Kárate a Muerte en Bangkok, que es una producción supercutre -spóiler: no sobrevive ni el apuntador-. Pero se ve que la productora advirtió lo que tenía entre manos y para la siguiente, Furia Oriental, contó con más presupuesto, y como no podía ser de otro modo, más protagonismo.

Eso ya es de Furia Oriental. ¿No os recuerda ese escenario típico oriental con la fuente japonesa sonando de fondo, a la última escena de Kill Bill, vol. 1?. Y la provocación llamando a Petrov, ¿no os recuerda a Morfeo en Matrix? :).

Pues hala, otro día sigo.

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