Viaje astral en Amsterdam (II)

Hoy día es de rigor que si vas a Amsterdam te tienes que drogar de algún modo. La gente va a visitarla más para eso que para otra cosa, se ha convertido en una especie de ciudad turística del vicio. Y nosotros no íbamos a ser menos. Yo, que no soy muy de drogas, tenía curiosidad por algo en concreto: quería comerme unas setillas alguna vez; y aprovechamos la visita para hacerlo: la situación era idónea.

Una vez que hubimos dado un par de vueltas por el centro fuimos al lío. Nos compramos 3 cajas de setas Thai para 5 personas, que eran las 2ª en la escala de “potencia” de las setas que te ponen en las Smart Shops. Y bueno… es como comerte una lechuga a palo seco, no saben a nada. Tienen hasta un poco de tierrecilla fresca. Así que nos las comimos con algo que le diera sabor a la cosa, aunque estuve giñado un rato porque me las comí con medio bocadillo cuando te dicen que no se deben comer con el estómago lleno; pero no creo que afectara mucho luego. Y nada, después de comerlas estuvimos como 1 hora dando vueltas sin rumbo fijo (excepto con el único objetivo de ver carne gratuitamente, que en eso el Barrio Rojo de Amsterdam está sobrado) mientras sentíamos cómo nos íbamos mareando poco a poco y iban subiendo los efectos. (Atención al brazo “cogido” de Marcelo).

Hasta que llegó un momento en que nos pegó el pelotazo de buenas a primeras, sin darnos ni cuenta. Eso ocurrió en medio de uno de los muchos puentes del Barrio Rojo. Y allí nos quedamos.

Así visto desde fuera parecemos unos gilipollas riéndose de gilipolleces; que es lo que éramos, por supuesto. Pero por dentro estábamos verdaderamente flipando. A ver, era la primera vez que las probábamos, y nos pegó por medio de la ciudad. Lo mejor era ver a la gente pasar a nuestro lado mirándonos con cara de Vaya tela, otros drogados de mierda, que es a lo que deben estar acostumbrados allí los pobres… pero a nosotros nos daba igual. Estábamos en otra dimensión: nos mirábamos a la cara y sabíamos que estábamos viviendo la misma felicidad.

Así que, después de un rato, las putas riéndose de nosotros y los guiris que pasaban por nuestro lado haciéndonos fotos, nos fuimos a la estación de tren. Y lo perdimos, como no podía ser de otro modo. Tuvimos que estar un rato esperando en el puerto, al lado de la estación, con parte del colocón todavía encima.

La vuelta fue otra odisea, tren equivocado incluido, que nos dio todo el bajón… pero fue un gran día en cualquier caso, de esos que luego te alegras infinito de haberte llevado la cámara. Ahí queda para la posteridad la primera vez que nos colocamos en Amsterdam, un vídeo muy didáctico para mis futuros descendientes.

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