Etapa IV: Perú

Por fin llego al final de mi viaje –atención: entrada ostensiblemente larga-. En Bolivia estuve por último en Copacabana y la Isla del Sol, donde me junté con un grupo de 3 ecuatorianos más gorrones que la virgen y 2 chilenas. Desde allí ellos iban directamente hacia Cuzco, pero haciendo parada en Puno. Yo había comprado para Puno, no me acuerdo por qué, esperando encontrar allí una plaza para Cuzco cuando llegara. Pero entre todo el lío del cambio de moneda y tal, cuando fui a buscarme un billete para Cuzco para esa misma noche no había ni una plaza. Así que cambié los planes: a Arequipa. Y no me arrepiento en absoluto.

Bueno, la primera odisea del viaje fue pasar como 8 horas atrapados en la carretera porque justo esa noche cayó una nevada que según me contaron no se veía por esas latitudes desde hacía 25 años. En esas 8 horas estuve dando vueltas por entre todos los autobuses y camiones que, como nosotros, habían quedado atrapados. Y observando también cómo entre muchos trataban de devolver a la calzada más de uno que se había salido de ella. Pena que perdiera las fotos de mi cámara de esa noche, igual que las de Copacabana y la isla del Sol, por culpa de un puto ordenador cuzqueño un par de días después. Por suerte, en Arequipa conocí a una chica catalana, Aída, que no tuvo la mala suerte que tuve yo y pude salvar las fotos de los sitios que visitamos desde ese momento. Pero bueno, aquí por lo menos ya noté el primer cambio: los peruanos. ¡Coño, los peruanos hablan! Se puede tener una conversación con ellos y esas cosas, qué alegría. Tengo que aclarar aquí que los bolivianos son las personas con menos sangre del mundo entero, y el contraste de salir de Bolivia y entrar en Perú se agradece mucho en ese sentido. En el de las mujeres también; y no es porque las peruanas sean muy guapas… Luego tiene el otro sentido, el no tan bueno: que igual que en Bolivia no sueles tener problemas de robos ni nada de eso, los peruanos son mucho más vivos y hay que tener bastante cuidado. Pero bueno, yo por suerte no tuve problema con eso.

Cuando llegué a Arequipa me quedé loco: eso era un caos. Un caos distinto al de La Paz, este era un caos mucho más loco. Solo había que montarse en un taxi arequipeño para comprobarlo. Pero era divertido, oye.

Bueno, Arequipa es la segunda ciudad de Perú, y la verdad es que cuando llegué a la Plaza de Armas la sorpresa fue gigante. Nunca había oído hablar especialmente de ella y me topé con una ciudad con un centro histórico precioso; según Aída, que la conocí al par de horas de llegar por esas casualidades de la vida, era igual que Santiago de Compostela. Igual no sé si será, que no he estado nunca en Santiago, pero esos 2 o 3 volcanes que rodean Arequipa dudo mucho que los vaya a encontrar en Galicia. Además, como ya digo, había caído una nevada que no se veía desde hacía años, y encontrarse los volcanes que guardan la ciudad casi completamente blancos, era una estampa digna de verse para estar en el trópico.

Plaza de Armas de Arequipa

Arequipa

Arequipa

nieve

En fin, estuvimos un día por allí dando vueltas, disfrutando de los patios arequipeños, un calco a los medievales castellanos, y al día siguiente cogimos el autobús rumbo a Cuzco. Si miras un mapa del Perú parece que están cerca, pero la verdad es que no lo están tanto: tus 10 horitas de autobús no te las va a quitar nadie. También será por las carreteras del lugar, que no son lo que se dice una autobahn alemana. Eso sí, esas 10 horas fueron de lo más interesante. Por un lado puedes ver el Perú verdadero desde la ventanilla de tu asiento: pueblos de mierda en el que las casas con que tengan un techo vale, muchos campesinos, incluidos niños, laborando la tierra, gente lavando la ropa en el río… y muchos paisajes preciosos. Y mientras hablando con los vecinos de asiento peruanos, lo cual lo hizo bastante más interesante -eso fue gracias a Aída, que habla por los codos-. Además, cada parada que hacía el autobús se montaban en él mil doscientas personas para venderte algo: que si agua de melocotón (¡en bolsitas de plástico!), que si patatas asadas, que si rodajas de melón, que si gelatinas… Hasta un par de costillas de cordero asado nos comimos (deliciosas, y por como 1’5 €; ahora, es una guarrería que te cagas xD). Parece que un viaje de esos de 10 horas por esas carreteras de mierda va a ser un coñazo, pero a mí se me hizo de lo más interesante; ni los Tour-Bus descapotables que hay en cada ciudad nuestra con sus guías.

lagos

bebiendo aguachirri peruana

Al fin llegamos a Cuzco, casi de noche. Buscamos un albergue a un precio razonable, lo cual no fue muy difícil dado que Cuzco es la ciudad turística del Perú por excelencia -por razonable estoy diciendo como 4 o 5 € la noche-, y salimos a dar una vuelta. He de decir que si la Plaza de Armas de Arequipa me impactó cuando llegué, la de Cuzco es sencillamente la polla: preciosa. Y a eso hay que sumarle el ambientazo de turistas, la mayoría aventureros, que hay por ahí. Los peruanos que se dejan ver por allí son sobre todo caza-guiris para algún bar o restaurante o algo así; y también muchos niños vendiendo baratijas, desde muñecas, a gorros, a lo que sea. Si te sientas un rato en la Plaza de Armas a honrar la ancestral tradición hispánica de beberse unas litros, te asaltarán en una hora como 20 niños de entre 7 y 12 años queriendo venderte de todo. Pero bueno, ese es el Perú de hoy día.

Cuzco

Plaza de Armas del Cuzco

Así que estuvimos un rato dando una vuelta, cuando me encontré con mis colegas los ecuatorianos gorrones. Quedamos con ellos para después de cenar y nos contaron que se iban a Machu Picchu al día siguiente con un grupo de brasileños que habían conocido, y que iban a intentar entrar sin pagar. Así que, sabiendo lo tiraos que iban los notas estos, nos apuntamos con ellos porque sabíamos que iban a hacerlo a lo más barato posible.

La ruta barata para ir a Machu Picchu desde Cuzco consistió en esto: en la estación de autobuses de Cuzco -una de ellas que no recuerdo el nombre, porque hay como 3 distintas- pillas un autobús hasta Santa María. No es difícil, ya que en esa estación hay infinidad de agencias de viajes desesperadas -literalmente- por venderte algo y te hacen unas ofertas bastante curiosas. Así que pillamos un autobús de los grandes en el que iríamos como 15 personas en total. Son unas 3 horas hasta que llegas a Santa María, un pueblucho en medio de la montaña y la selva peruana, pero el camino es verdaderamente precioso. Pasas por unos valles y unas montañas espectaculares, para sentir en algún momento cómo se acaba la montaña seca y empieza la selva peruana, con un cambio tan suave como natural. Así que llegamos a Santa María, y allí tuvimos que pillar un par de taxis hasta otro pueblo que había un poco más allá a través de un camino de esos que dan miedo. 30 minutos más y estábamos allí. Ese otro pueblo se llama Santa Teresa, y una vez allí, almorzamos primero en el mercado local, y luego tuvimos que coger otro microtaxi (furgonetas habilitadas como taxis) compartido con algunos lugareños hasta la Hidroeléctrica, que es la estación de tren donde se coge el tren hacia Machu Picchu. Cómo llega el resto de gente hasta allí, los adinerados, no lo sé, pero nuestro camino fue ese. Y una vez allí, como pobres que éramos, nos pegamos el pateo por las vías del tren hasta llegar a Aguascalientes, que fueron otras 3 horas si mal no recuerdo. Todo un día para llegar hasta Aguascalientes por lo barato, vaya, que es el pueblo franco desde donde se accede a Machu Picchu.

camino de Machu Picchu

camino de Machu Picchu

Así que dormimos un rato, unas cuantas horas, y como a las 2 de la mañana nos pusimos en marcha hacia Machu Picchu. El tema es este: dentro del Parque Nacional de Machu Picchu hay otra montaña que se llama Wayna (o Huayna) Picchu, que es la más empinada que hay al lado del antiguo pueblo; pues el sitio este tiene un aforo máximo diario de 500 personas creo que era, y al entrar, a las 6 de la mañana, hay tortas para no quedarse fuera de ese cupo. Con deciros que nosotros llegamos a las 4:30, después de hora y media de pegarnos el pateo por la montaña de noche y con linternas para llegar hasta la entrada de Machu Picchu, y ya había allí como 10 personas haciendo cola… A las 5:50 la cola era ya bastante grande. Curiosamente nosotros, a pesar de ser de los primeros, no habíamos sido lo suficiente espabilados como para comprar el billete de entrada el día anterior, y hicimos la cola para nada, porque abrieron antes las puertas para los que ya tenían billete que para los que tenían que comprarlo; así que cuando entramos ya había pasado dentro un huevo de gente. Pero por suerte no tuvimos problemas para acceder al Wayna Picchu. Eso sí, otra hora y media de subida por la montaña. Los putos incas estos debían tener todos los gemelos de Roberto Carlos, al menos.

Pero merece mucho la pena. Las vistas de Machu Picchu y alrededores desde el Wayna son increíbles, posiblemente lo mejor de todo el complejo. Además del hacerte ponerse a pensar cómo carajo los incas costruyeron eso ahí, y para qué, pudiendo hacerlo en algún otro sitio mucho más sencillo.

Machu Picchu desde el Wayna Picchu

lo alto del Wayna Picchu

Pero bueno, estuvimos un rato allí viendo el pueblo, que aunque esté reconstruido es un verdadero espectáculo, y haciéndonos las miles de fotos que todo el mundo se hace allí. Todavía hay alguna parte que no está reconstruida y donde se pueden ver las piedras tiradas por ahí, que te da una idea de lo que tuvo que encontrarse el señor que llegó aquí por primera vez desde occidente. Ese hombre sí que tuvo que flipar al llegar aquí.

Machu Picchu

Machu Picchu

Machu Picchu

Así que nada, después de toda la mañana dando vueltas por ahí, que nos lo habíamos ganado, emprendimos Aída y yo el camino de retorno, esta vez sin los ecuatorianos gorrones -a los cuales, por cierto, les pillaron los guardias intentando entrar sin pagar y tuvieron que apoquinar… previo gorroneo a todos los presentes, por supuesto- y sin los brasileños. A las 12 de la noche llegamos de nuevo a Cuzco.

En Cuzco estuvimos otro par de días, porque lo merece. Es una ciudad preciosa, como sacada de plena Castilla en el siglo XVI y colocada en medio de América. Son todo casas coloniales, con sus patios castellanos, y algunas calles auténticamente andaluzas, con las macetas colgadas en las paredes encaladas de blanco, puertas enrejadas de hierro en cada casa, y mil detalles más que te hacen creer que en una calle estás en plena Salamanca, y en la siguiente vas caminando por el Albaicín. Pero no, es Cuzco, nunca deja de tener cierto aire americano. Y si sales un poco del centro el contraste con la ciudad histórica es más que evidente. Pero es un auténtico gustazo pasarse allí 2, 3, y los días que hagan falta.

Cuzco

Cuzco

Cuzco

Cuzco

Luego ya nos separamos Aída y yo. Fui un día a Ollantaytambo, que es un antiguo pueblo inca con unas ruinas muy bien conservadas. La gracia particular del pueblo, aparte de la zona de las terrazas agrícolas, los restos de los templos, etc, es que el Ollantaytambo actual, donde vive la gente, fue construido sobre los cimientos del antiguo, y más del 50 % del pueblo de hoy día es incaico. Es decir, en las fotos se puede ver un poco mejor: las casas no son completamente incaicas, pero sí en un buen porcentaje; el empedrado de las calles y su canalización para recoger el agua de las lluvias también; y en fin, la esencia es todavía prácticamente inca, con lo que te puedes hacer una idea bastante aproximada de cómo vivía aquella gente.

ruinas de Ollantaytambo

ruinas de Ollantaytambo

ruinas de Ollantaytambo

Eso fue una excursión de un día desde Cuzco, así que volví allí y me cogí el tren a Lima. Otra vez lo mismo: parece no muy lejos, pero eso son tus buenas 24 horas de autobús, por carreteras insufribles, curvas interminables, tramos sin asfalto… y el servicio del autobús roto, con lo que el hedor que salía de ahí no hacía el viaje mucho más agradable. Eso es Perú, vaya.

En Lima estuve solo un día, lo suficiente para ver el centro. Aquí ya estaba yo solo, y las pintas de guiri que llevaba me hacían ir un poco más precavido, no me fiaba mucho de salirme mucho del centro en pleno Lima, con mucho menos ambiente guiri que Cuzco, donde íbamos a nuestras anchas. Así que me pegué allí el día, me ví las iglesias y los edificios coloniales varios, bastante bonitos, y me volví para Santiago, finiquitando el viaje de despedida de Sudamérica. Por esta vez.

Catedral

Lima

Lima

Lima

Palacio Arzobispal

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