Un asunto económico

Bueno, pues voy a dar mi opinión sobre el tema. Dejando de lado todo lo que se ha montado estos días, que era necesario porque se han pasado de la raya y han querido tocar lo que no se puede dejar que toquen, esto no es más que un asunto económico. Al menos en la práctica, en esencia es otra cosa, para mí, que diré más abajo.

La cuestión, como ya han señalado muchos otros, es que los señores autores no se quieren reconvertir, no les da la gana de cambiar su modelo de venta, y el Gobierno mientras les hace caso. Que el Gobierno lo haga es un problema, pero no deja de ser lo corriente, ya que está demasiado sometido al poder económico -en este caso, más que de los autores, de los intermediarios y productores; y no olvidemos a los EEUU, cuyo lobby audiovisual es muy fuerte en todo el mundo y su Gobierno siempre mete presión donde haga falta- y a la presión social de los poco inteligentes -la gente inteligente no suele manifestarse, sino buscar soluciones realistas; salvo que sea un asunto clamoroso en el que se toquen cosas esenciales como este-. Pero esta vez se han pasado. Se pasaron primero colocando a la presidenta de la Academia de Cine como ministra, y ahora se han pasado dejándola legislar para sus amigos. Pero como ya digo, el problema no es ese.

Bien, ahora tratemos a la industria cultural como industria, que es lo que les gusta hacerse llamar. Aunque más que de ella, el problema es de la industria de la intermediación cultural, que es otra cosa distinta de la creación cultural. Bueno, pues todos sabemos que en los últimos tiempos su sector ha sufrido una revolución: por un lado los costes de producción se han reducido muchísimo -a mí que no me jodan, ya pocos se gastan miles de millones en decorados de cartón piedra o extras habiendo ordenadores, o en equipos de grabación que ahora están mucho más extendidos-, y los costes de distribución prácticamente se han eliminado con los archivos digitales; mientras que por otro lado, el precio de esos contenidos en sus soportes materiales se ha disparado. Señores, aquí hay un problema: si yo puedo conseguir algo gratis, porque la tecnología lo permite, no pretendan hacerme pagar cada vez más. Esos 15-20 € que quieren sacarme los pagaría por algún añadido que los valiera, pero no por el material digital en sí, que se puede conseguir gratis perfectamente, mediante compartición -en ningún caso robo-. Bueno, claro, pero alguien tiene que pagar a los que han creado eso, ¿no?. Pues sí, pero como ya he dicho, los costes son mucho menores, por lo tanto el precio debería ser mucho menor; aunque por supuesto, no lo será si al mismo tiempo que bajan los costes de producción subes los de publicidad o los del contrato del artista en cuestión, o simplemente sube tu avaricia. Por lo tanto aquí hay un problema y los señores productores no han sabido adaptarse a él.

Por otro lado, a mí me ofende completamente que los artistas o creadores se manifiesten haciéndose llamar tal cosa. Señores, por si no se han dado cuenta, yo soy tan creador como ustedes -no me autodenominaré artista por principios-, tanto en cuanto creo en este blog. Y no voy a WordPress, que se enriquece a mi costa y la de tantos otros a pedirle un duro. ¿Por qué? Porque esto funciona así: ellos me ofrecen la plataforma para exponer mis pensamientos y opiniones a cambio del dinero que ellos obtienen en publicidad o lo que sea a través del pequeño aumento de visitas que yo les supongo. Quid pro quo. Esto traducido a la música sería así: las plataformas “”””piratas“””” que se enriquecen a costa de vuestro trabajo os ayudan a distribuir vuestras creaciones a un público muchísimo más amplio –¿qué objetivo tiene una obra artística si no es llegar a cuanta más gente mejor?– a cambio de recibir sus dineros en publicidad. Lo que pasa es que a vosotros -los artistas, llamémosles, consagrados (los comerciales con contratos millonarios, vaya) (+ Ramoncín y Loquillo, que no sé qué hacen ahí)- os cuesta renunciar a los millones de vuestros contratos discográficos, ya que las discográficas, cual Florentino Pérez que se gasta 90 millones de euros en un futbolista, los hacían rentables a base de machacarnos con publicidad. Y gracias a ella vender muchos discos. Pero eso ya no es así, porque la distribución -y con ella, la publicidad- ha dejado de hacer falta.

O sea, ahora estamos hablando de un sector en crisis. ¿Qué se hace cuando un sector económico está en crisis? Varias cosas. Una de ellas es reducir el tamaño de la empresa: o sea, despojarse de lo que sobra o no es suficientemente rentable; en el caso que nos ocupa, para mí está bastante claro que el tema es disminuir los desproporcionados sueldos de los llamados artistas -venga Rosario, no nos jodas, que si vendes alguna de tus casas o dejas de ir a alguna fiestecita hambre no vas a pasar-. La otra opción es diversificar: buscar nuevos mercados o nuevos productos. Respecto a los productos, en este caso serían nuevas formas de distribución, que es lo que están haciendo a duras penas, y obligados por la situación; y en cuanto a los nuevos mercados, cojones, Latinoamérica hace tiempo que la estamos utilizando como mercado, aunque todavía no ha explotado del todo, pero hay muchos más lugares donde podría llegar la música o el cine españoles que ni se han planteado, o lo han hecho muy poco -¿por qué tengo que tragarme yo toda la música en inglés y un alemán no puede escuchar algo en español?-. En fin, puro miedo al cambio, a perder el poder de decidir qué va a triunfar y qué no. Pero en este escenario, lo que no se debe hacer nunca es ser reaccionario con los cambios y oponerse de manera frontal a ellos, porque te acabarán atropellando. Porque de hecho, la necesidad es lo que hace buscar alternativas y ser creativo. Sin la presión de todo el mundo bajándose cosas gratis, los que las venden ni se habrían planteado que hay que buscar otro modelo.

Porque si un Gobierno trata de sostener un sector insostenible, al final lo que estamos haciendo es tirar el dinero. Ejemplo. Si se dejan de usar las centrales térmicas y no se exporta el carbón, la minería del carbón no tiene sentido. Los mineros montarán un pollo de la hostia, montarán piquetes y barricadas para proteger sus trabajos, como ya hicieron los de los astilleros. Y el gobierno probablemente les haría caso. Sí, me da mucha pena por los señores mineros y sus familias, pero en vez de gastarse tanto dinero en mantener a flote algo que se hunde sí o sí, que apuesten por una reconversión, por ejemplo con cursos de formación en otro empleo y subvenciones o rebajas fiscales para que empresas de esos nuevos sectores los contraten; o cursos y subvenciones para autoemplearse; al final será mucho más beneficioso para la sociedad en conjunto a medio-largo plazo y nos ahorraremos tirar el dinero en algo que no tiene futuro ninguno. Bueno, esto era por poner uno cualquiera. Luego está el ejemplo del progreso tecnológico, que ya lo resumió Escolar bastante bien: “Es como si nos obligan a volver a viajar en tren de vapor”. O a caballo, añado yo. Y por último, el ejemplo del progreso social. El otro día el señor Fontdevila hizo una viñeta del tema: a mí que no me vengan con que nos quejamos para no renunciar a la gratuidad de algo que no lo es. ¡Claro que no se puede renunciar nunca a derechos adquiridos previamente! Vete ahora a los colectivos femeninos y diles que las mujeres no pueden votar más, a ver qué te dicen. ¿Por qué no puedes? Porque ya todos tenemos asumida la igualdad entre hombre y mujer -y eso no siempre ha sido así, recordemos-, y es algo a lo que las mujeres no van a renunciar nunca más. Ahora, ¿por qué no podemos renunciar a la gratuidad de la cultura? Porque la tecnología la ha hecho posible. Ha hecho posible la gratuidad de su distribución, no de su creación, de eso somos conscientes todos; pero por ello nosotros hemos asumido desde ese momento como un valor nuestro que la distribución de la cultura -como activo intangible- es gratuita, y eso ya no lo va a cambiar nadie nunca más. Lo inteligente sería que los señores dueños de esa cultura lo aceptaran de una santa vez, y se pusieran a pensar en otros modos de sacarle provecho a esa autoría, en vez de tratar de frenarlo. Y en este punto no me olvido del canon digital, que es algo con lo que hemos tragado, pero completamente injusto y que no sirve para nada, solo para sostener lo insostenible un poco más.

Así que, después de este intento de análisis doy mi opinión: al final todo es cuestión de saber aceptar la realidad o no. Es cuestión de querer progresar o no, de ver venir el progreso y adelantarse a él, o tratar de frenarlo, que es lo que está pasando aquí; y esto es lo que en definitiva marca las diferencias entre los países que se quedan atrasados y los que no. O sea, en esencia, se trata de saber tener la mente abierta o ser un puto reaccionario con los cambios. De que la gente aprenda a ser dinámica, a tener iniciativa al ver venir las cosas. Y eso es un problema social más que otra cosa, de una sociedad apalancada, que solo cambiará, fundamentalmente, con educación y formación, con cultura; que es un problema que venimos arrastrando desde hace tiempo y agravando cada vez más. Y más aún si atacan al lugar con mayor enfoque y difusión de la misma: internet.

Pero hay por lo que ser optimista a pesar de todo.

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