Tribulaciones

Las crisis existenciales, esas que te hacen cuestionarte hasta el sentido mismo de tu vida, tan jodidas como necesarias. Nadie quiere pasar por una, pero todos necesitamos hacerlo alguna vez al menos. Cuando algo te falla en tu vida, no te sale como querrías, y te das cuenta de que las cosas no son como pensabas, plof, te pegas la hostia y tienes que buscar qué era lo que no funcionaba como pensabas y ver cómo es en realidad. En esos momentos, cuando te vuelves más oscuro, no das nada por sentado, y cuestionas no solo tu manera de ver las cosas, sino también la de los demás; en ese momento, en ese justo momento, es cuando los demás empiezan a evitarte. ¿Para qué van a querer estar contigo si cuestionas todo lo que hacen, el sentido de hasta el más mínimo detalle?.

Jodido, pero como ya digo, necesario, para poder llegar a ver más allá de lo que todo el mundo da por sentado. El fin este de nuestra vida parece ser el que los demás te acepten, ese es el objetivo al menos de las apariencias, de la gente que miente y se engaña a sí misma para poder engañar a los demás. Y yo me pregunto: ¿tan importantes son los demás que necesitamos ser aceptados por su juicio?. Yo creo que eso sólo deberíamos usarlo como información de vuelta para ver qué podemos mejorar y qué no, pero nadie puede decirnos lo que valemos o lo que no. ¿Quiénes son ellos?.

Pero la cuestión es que hay que conocer la oscuridad para poder distinguir la luz. O como se deduce de la grandísima Divina Comedia: hay que pasar por el Infierno para llegar al Paraíso. Que se puede llegar sin haber pasado por ahí, pero en ese caso tan fácil tienes perderlo como lo hubiste conseguido. La Oscuridad, el dolor, curte al Hombre y le da la cimentación necesaria para disfrutar lo demás, y que su pérdida no resulte tan importante cuando ella ocurra. Los peores son los que siguen erre que erre con su manera de ver las cosas con tal de no cuestionarse nada, por puro miedo a sufrir. Como dice Nach en su último tema:

Somos puzzles incompletos,
esqueletos vagando histéricos,
mientras nuestro silencio se expande y hiere,
así el afecto muere triste y famélico.

Viendo que nada cambia,
que la rabia duerme tras la traquea,
siempre anclada en ese miedo que provoca arcadas,
pensando tanto diciendo nada.

Pero claro, ¿quién quiere sufrir?. Eso no lo haremos a menos que no sea necesario, justo cuando la hostia que nos peguemos sea lo suficientemente gorda.

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