De los nombres propios y su transcripción

Desde hace un tiempo le llevo dando vueltas al tema. Más concretamente desde el viaje q hice a Italia en septiembre. Allí conocí un par de chavalas gerundenses, y, en especial una de ellas, ellas con su radicalismo catalán no concibían que Gerona, su Girona, tuviera algún otro nombre en el mundo que Girona. Más concretamente una de ellas, la ya comentada como un poco más radical, no aceptaba un gentilicio para ellas que no fuera gironina. Me dijo explícitamente Yo no me identifico con otra palabra que no sea gironina. O sea, que la palabra gerundense ya deberíamos estar tirándola a la basura, según ella. Y esto, señores, seamos claros, es una gilipollez como un castillo. No por nada, a mí me encantan las lenguas y soy muy partidario de que se preserven y fomenten todas ellas, las más regionales incluidas. Pero si estamos hablando castellano/español decir Girona es una gilipollez como un tráiler de grande. Para eso ya existe una palabra en castellano que es Gerona. Porque, puestos ya en un caso un poco más lejano, nadie dice cuando habla con un amigo ‘Oye que me voy a London este fin de semana’. O ya más extremo todavía, si nos vamos a Aarhus, en la vida podremos pronunciar esa ciudad como hacen los daneses, porque su nombre original proviene de otro idioma con un sistema fonético completamente distinto. Por eso, existe la transcripción de esa palabra a nuestro idioma, y a todos los demás, para poder usarla y entendernos entre hispanohablantes cada vez que nos refiramos a esa ciudad sin tener que aprender danés por el camino. En ese sentido, la ley que hubo hace un tiempo de transcribir todos los nombres oficiales de las ciudades de España a su lengua regional, que está bien para determinadas cosas, se ha llevado a un extremo absurdo (por no hablar de lo de las lenguas regionales en el Senado, pero eso es otro tema). Está bien para darle un poco de preeminencia a cada lengua regional en su región, pero no hay que olvidar que la lengua oficial de todo el Estado, en las regiones también, es el castellano, y no se debería obviar esto. O sea, debería existir el nombre regional y al lado también el nombre en español; porque si no luego pasan gilipolleces como esa que he comentado antes, que uno de Gerona se cree que Girona es el único nombre que existe en el mundo para su ciudad y tratan de imponerlo a los demás, y no.

Con los nombres de pila es distinto. Existen las traducciones de los nombres también a cada lengua, pero en este caso cuando una persona se presenta no le cambias el nombre. Al menos no ipso facto. Creo que aquí la perdurabilidad en el tiempo tiene mucho que ver. Si uno conoce un día a un François, los primeros días puede probar a decirle François, en francés; pero si vuestro idioma de comunicación es el español fijo que acabas cambiándoselo, a Fran, Paco, Paquito, o lo que sea, porque decir François para un castellanohablante es muy fatigoso, y un par de veces puedes hacer el esfuerzo, pero ya si se convierte en algo habitual no. Por eso cuando los hispanohablantes hablamos entre nosotros los nombres los leemos como los vemos escritos, y así nos referimos a ellos. Por ejemplo, cuando hablamos de Angela Merkel no decimos Anguela Megkel, como se diría en alemán, decimos Ángela Merkel, que es como lo leemos nosotros. Y tratar de alemanizar el nombre cuando se habla de ella en un telediario, por ejemplo (lo he escuchado), es una gilipollez: si las cosas se hicieran así un presentador de telediario se tendría que saber todos los idiomas del mundo para poder pronunciarlos. Con respecto a los nombres de pila como digo lo normal es decirlos como los leemos, o tratamos de reproducir como los escuchamos con nuestro sistema fonético, pero no los transcribimos, sin que eso sea algo raro ni esté mal. Al menos no en un momento inmediato. En el Renacimiento por ejemplo sí se hacía, y así Thomas More en español se escribe Tomás Moro, o los reyes eran Francisco I de Francia o Enrique VII de Inglaterra, sin que nadie se pusiera tonto con los idiomas: era simplemente para un uso más sencillo de un nombre que en aquella época era común.

Yo lo que quiero decir con esto es que se tiene que hacer un uso sensato de los idiomas. Ni imponer un idioma central a todos los demás, que el patrimonio lingüístico y cultural de España debería ser mucho mayor de lo que es ahora mismo; ni tampoco irse al otro extremo, al del fundamentalismo lingüístico, que es lo que se está dando más de lo que debería en Cataluña y el País Vasco. Como el del amigo Josep Lluis, que no es capaz de entender que yo no puedo pronunciar un nombre en catalán porque no estoy acostumbrado a su fonética.

Fomentar el uso de las lenguas regionales en sus regiones sí, pero sin radicalizar la cuestión y sin marginar el castellano, que es lo que nos une a todos.

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