Ser español

Pues desde unos años, bastantes, más de lo que yo supongo, resulta que ser español es que te digan cómo tienes que ser y qué te tiene que gustar. Resulta que ser español es que te digan en qué idioma tienes que hablar. Que te digan qué música tienes que escuchar y te tiene que gustar. Cómo tienes que gastar tu tiempo libre y qué aficiones tienen que ocuparlo. Ahora resulta que ser español es también dejar que te roben mientras miras para otro lado. Ser español es aguantar hipocresías y que los caciques de cada pueblo hagan lo que quieran mientras la gente se queda en casa calladita y sin quejarse. Ser español es también trabajar mucho para mantener a los chupópteros de turno. También ha resultado ser agitar banderitas rojo y amarillas para que cualquiera con unos cuantos €uros (más concretamente 160000) también pueda disfrutar de ese privilegio, solo con soltarlos para comprar un pisito de esos que tanto nos sobran porque hubo quien quiso hacer más de la cuenta. Además, ser español es también pagar muchos impuestos para que aquellos que te digan que tienes que hacerlo puedan seguir no pagándolos, o hacerlo en Suiza.

Pues así la cuestión, entiendo perfectamente que haya gente que ni quiera ser ni se sienta española. Ahora, que sea para que éstos vengan a hacer lo mismo, pero cambiando la lengua en la que tienes que hablar y el color (o número de rayas) de la banderita que tienes que agitar, pues es una gilipollez.

Pero es que el problema radica en que eso que he descrito arriba no es ser español: es ser gilipollas. Ser gilipollas con todas sus letras. Ser español no es más que tener cariño y aprecio por este cacho de tierra, y sobre todo, por la gente que vive en él. No tener que hacer lo que dice el cacique ignorante de turno. De hecho, tal como está el tema, me parece que los que somos considerados antisistemas ahora mismo, somos mucho más patriotas que los desgraciados que manejan nuestras cuentas públicas para su propio beneficio; porque somos los que nos estamos preocupando por este país y por la gente que vive en él, y los que de verdad estamos haciendo algo por él.

Nuevo año, y nueva era

Yo no me creo las mierdas estas de los mayas ni las profecías ni su puta madre. Pero este año, curiosamente, lo he empezado con una extraña sensación de optimismo; optimismo e incluso esperanza. Como si este fuera a ser de verdad el año en el que voy a acabar de salir de mi largo túnel, con el que llevo ya varios años. Como si este fuera el que vamos a acabar nuestra lucha contra la corrupción y podredumbre del sistema que está acabando con nuestro país y nuestra sociedad. Sé que decirlo así es muy fácil y suena poco probable, pero ojalá. Desde luego, con esa sensación es con la que amanecí el día 1, y, si bien no me creo las mierdas de los mayas, sí que me fío mucho de mis propias sensaciones. Instinto, lo llaman algunos.

Este año pasado no se ha acabado el mundo, pero desde luego sí que ha sido un año de auténtica pesadilla. Por lo menos los hijos de puta que nos gobiernan y que rigen esta mierda de sistema sí que se han quitado definitivamente las máscaras y por fin sabemos a lo que nos enfrentamos: es el caos total contra el deseo de una sociedad más justa de la mayoría. Lo que no sé es cómo hay gente que todavía se cree toda esa mierda del liberalismo, cuando hemos visto todo lo que eso significa. Especialmente cuando cada intento de privatización lleva detrás toda una red de corruptelas y sobornos -y si no, que se lo digan a la Espe, que ha dimitido cual rata que es tras aprobar lo de Eurovegas; ¿dónde tendrá escondidos todos los millones? ¿en lingotes, como Díaz-Ferrán?-. Bueno, la verdad es que se sabe de dónde sale toda creencia: es lo que nos enseñan desde que somos pequeñitos. El dogma capitalista. Como el falso dogma de que Jesús es Dios, y etcétera, etcétera. Al final es la lucha de siempre: la de la Igualdad y la Justicia contra la hipocresía.

Por lo demás, nos espera un año movidito. Pero desde luego con esperanza. Así las cosas se llevan mejor, uno tiene más fuerzas para afrontarlas. Al final nada depende de lo que ocurra, sino de cómo respondas ante ello. Por eso es importante tener las ideas claras y las fuerzas intactas.